Y, de un salto temerario, se lanza sobre la estrecha viga que atraviesa el río como un puente.

—¡Juan!... ¡por el amor de Dios!... ¡Juan!

El joven no oye. Debajo de él las aguas hierven en el abismo; se esfuerza por conservar el equilibrio; avanza, tiembla, vacila; da un paso, dos, tres, un salto atrevido... Ha pasado.

—¡Corre!—dice, lanzando un grito de alegría salvaje.

Pero Gertrudis permanece inmóvil. Paralizada por el espanto, lo mira fijamente. Con un salto de tigre, el joven se abalanza sobre ella, la toma en sus brazos, la aprieta contra él; ella cierra los ojos, respirando con dificultad. El la abraza y posa su boca ardiente y alterada sobre los labios trémulos de la joven; ella lanza un grito de dolor, y su cuerpo, sacudido por la fiebre, se estremece en los brazos de Juan. Entonces, él la deja en el suelo, y con mirada temerosa observa a su alrededor. ¿Los ha visto alguien?... No, nadie... ¿Y después de todo?... ¿Qué importa?... El hermano de Martín puede besar muy bien a la mujer de Martín. ¿No exigió eso él mismo, un día?

La joven abre los ojos; parece salir de un sueño. Su mirada evita la de Juan.

—No está bien lo que has hecho, Juan. Te prohíbo que vuelvas a hacerlo en adelante.

Sin responder, él se inclina para recoger la rosa que se ha caído de su pecho.

—Quiero volver a casa—dice Gertrudis, paseando su vista en derredor, con expresión inquieta.

Marchan un momento en silencio, uno al lado de otro.