Ella fija sus ojos en el horizonte, mientras él respira ávidamente la rosa que ha recogido.
—Huele bien—dice en tono inocente.
Ella dice que sí.
—¿Te gustan las rosas?—continúa él.
La joven vuelve los ojos hacia él. «¡Como si no lo supieras!» dice su mirada.
—Oye—agrega él vivamente.—¿Por qué no pones ya flores en mi cuarto?
Ella no responde.
—¿Porque no las merezco?
—Me lo ha prohibido él—balbucea Gertrudis.
—¡Ah! eso es otra cosa—dice Juan, desconcertado.