[183] La autoridad de Eurípides, que en su Helena y en su Electra expresamente afirma que no fue a Troya la esposa de Menelao, sino que se detuvo en Egipto, y las razones de verosimilitud que añade luego Heródoto, hacen probable la narración de los sacerdotes egipcios, caso de que sea verdadera la historia de Helena y del sitio de Troya, la cual no fuera extraño que, a imitación del sofista Dion Crisóstomo, alguien negase en este siglo de novedad, así como se niega ya por alguno la existencia de Homero, cantor de aquellos hechos.
[184] En tiempo de Menelao, los sacrificios de las víctimas humanas usados aún entre los griegos, como lo manifiesta el de Ifigenia, habían sido ya abolidos en Egipto por el rey Amasis, quien vedó se inmolasen ante el sepulcro de Osiris hombres a quienes llamaban tifonios.
[185] Heródoto se muestra aquí más sesudo y religioso que Eurípides, quien dice por boca de Helena que Zeus había permitido su rapto y la guerra de Troya para aliviar a la madre tierra de la turba de los mortales. Muestro autor parece penetrado de la operación de Dios sobre los imperios de la tierra que también se deja ver en el Viejo Testamento, y de la máxima de que las naciones y sociedades pagan siempre su merecido sobre la tierra, aun cuando para algunos particulares se dilate el castigo para la otra vida.
[186] Llámanle también Rampses y Ramesos, haciéndole unos hijo de Menes y otros de Sesostris.
[187] Esta narración de Heródoto parece más bien una fábula milesia, adoptada o creada por este historiador tan amante de prodigios, y de la cual es copia quizá la historia de Plida, referida por Caraces y Pausanias. No me he excusado por tanto de valerme en este pasaje de algunas expresiones familiares y jocosas, en las que tanto se aventaja nuestro idioma.
[188] Algunos creen que este juego de Deméter es una alegoría de las buenas o malas cosechas. La costumbre del vestido tejido de mano sacerdotal en un mismo día se usaba también en honor de Dioniso en Darnasia, ciudad de la Italia.
[189] Las fábulas griegas de la barca de Caronte y de los jueces del infierno, fueron poéticamente tomadas de las ceremonias del Egipto, donde el cadáver, antes de recibir sepultura, depositado junto al lago Meris, era juzgado por más de cuarenta jueces, quienes, oídos los cargos contra el difunto, decidían si era o no digna de ella, y en caso de sentencia favorable era llevado el cadáver en una barca por el lago Meris para ser enterrado después de hacérsele una oración fúnebre.
[190] Estos fueron Ferécides Sirio y su discípulo Pitágoras, quienes propagaron el dogma de la metempsicosis.
[191] Entre Rampsinito y Queops pretende Diodoro Sículo qué mediaron siete reyes oscuros, excepto Nilo, quien abrió varios canales y dio su nombre al río llamado antes Egipto. Algunos dan a Queops el nombre de Quemmis o Quembes, y a su hermano Quefrén el de Cabrias.
[192] Esta pirámide, que es la principal, queda en pie todavía, no menos que las minas de la famosa calzada de Queops, y conserva las gradas descritas por el autor, la primera de las cuales está a cuatro pies del suelo y tiene tres de anchura, y las otras disminuyendo a proporción. El área de su base cuadrada ocupa, según el cómputo de los modernos, 480.249 pies en cuadro, según el de Heródoto 640.000, y 490.000 según el de Diodoro. Estos monumentos llamados pirámides, de cuyo nombre griego no se descubre la etimología por ignorarse el que le dieron los egipcios, son por los árabes atribuidos a Jau, monarca universal anterior a Adán, por los coptos a Surid antes del diluvio, y por otros al patriarca Josef, a Nemrod, o a la reina Daluka. Su destino, si no fue tiránico para oprimir a los pueblos, o vano para ostentación de majestad, debió ser religioso para la sepultura de sus autores o para el culto de alguna deidad.