[253] Estas tiaras, aunque hechas de fieltro o lana tupida, creo serían más semejantes en su forma a los turbantes asiáticos que a los sombreros con alas. En cuanto a la fragilidad de los cráneos persas, menos influiría en ella el turbante que el clima del Asia meridional; por lo cual se ve todavía en los cementerios resolverse pronto en ceniza blanca un cadáver asiático, al paso que un europeo se deshace más tarde y en ceniza negra, como se observa en las Filipinas.

[254] En el reinado de Artajerjes Longimano, Inaro, príncipe de la Libia, puesto al frente da los egipcios sublevados, y asistido por los atenienses, dio a los persas una batalla en que pereció Aquemenes, tío del rey, con 100.000 soldados. El resto de los persas se fortificó en Menfis, donde estuvieron tres años sitiados por Inaro, hasta que viniendo en su socorro Megabizo con un nuevo ejército, derrotó a este, obligándole a retirarse a Biblo y a rendirse poco después. El infeliz Inaro fue crucificado en Susa contra la fe de las capitulaciones: pero el egipcio Amirteo, después de haberse retirado con algunos de los suyos a los pantanos inaccesibles, y reinado en ellos pacíficamente con el auxilio de los atenienses, salió de sus lagunas, y no solo recobró todo el Egipto, sino que coligado con los árabes dio en Fenicia una batalla a los persas en la cual fue derrotado, y no se sabe si muerto también. Los persas dieron después a su hijo Pausiris el reino de Egipto.

[255] Antiguamente los persas veneraban el fuego, si como dios o como imagen de la divinidad se ignora; pero se sabe que entre varios pueblos orientales quedó pura por algún tiempo la religión después del diluvio. Por lo tocante al dios fuego de los egipcios, no se puede dar una idea más grosera de una divinidad que la descrita por Heródoto; y aunque el vulgo se explicase así, los sacerdotes no venerarían en el fuego material otro numen que su Hefesto o Vulcano.

[256] Los macrobios (hombres de larga vida) no podían habitar en las costas del mar del Sur, del todo incógnitas a los antiguos. La Etiopía era una dilatada región que por el norte confinaba con Elefantina de Egipto, por el poniente con la Libia interior, al presente Abisinia, por el levante con el mar Rojo, y por el mediodía con la parte del África, entonces desconocida, que comprende ahora los reinos de Gingiro, Álava y Zeila. Sus antiguos límites no pueden fijarse, así por falta de monumentos, como porque debieran variar según el poder del etíope.

[257] Los que se alimentan de pescado.

[258] La capital de este soberano, cercana al país de los ictiófagos situados en las orillas del golfo Arábigo, sería, según parece, la antigua Auxumis, ahora Ascum, 45 leguas distante del mar Rojo, a 14 grados de latitud boreal. Solo suponiendo esta parte de Etiopía, la más distante del Egipto, dividida e independiente de las demás, podrá conciliarse la sencillez de estos etíopes y su ignorancia del uso de púrpura, brazaletes, pan, etc., con las conquistas que habían hecho en Egipto los reyes etíopes sin duda de otras provincias, y con la comunicación tan estrecha que habían tenido con la nación más civilizada.

[259] Este vidrio sacado de las minas, muy diferente sin duda del nuestro, da lugar a muchas conjeturas. Ámbar no puede serlo, pues solo es depósito del mar Báltico; con más verosimilitud se le cree alcohol, de que abunda la Abisinia, o una especie de sal de piedra, tierna al excavarla y endurecida después al aire. Respecto a las costumbres que atribuye Heródoto a los etíopes, convienen en parte con las actuales: su amor a la bebida es el mismo; su vida, aunque no tan larga en la actualidad, es favorecida por el clima y por la sencillez de costumbres y alimentos; y su abundancia en oro es confirmada por muchos autores, si bien no es menor en Abisinia la del hierro que es quizá el bronce de Heródoto.

[260] No será impropio de este lugar reducir a un punto de vista la historia de la antigua Etiopía esparcida por varios escritores. El nombre de etíopes se extendía a los escitas del Araxes, a los árabes de una y otra orilla del Mar Rojo, a los africanos de la Libia interior, y a los abisinios o etíopes propios de quienes nos ocupamos. Descendientes de Habaschi, hijo de Chus, que pasando el estrecho de Bab-el-Mandeb dio el nombre a su nación y a su país, estuvieron al principio divididos en varios reinos, que Plinio hace subir a 45, entre los cuales eran los más poderosos los de Méroe y Auxumis, dilatándose el primero hasta la Tebaida; contra el cual dicen se dirigió la famosa expedición de Moisés como general de Faraón. No es improbable que la reina de Saba que visitó a Salomón fuese soberana a un tiempo de los egipcios y etíopes, y que tuviera de Salomón un hijo de quien descendían los antiguos reyes de Etiopía. Según pretenden los abisinios, hubo también en Méroe diversas reinas con el nombre de Candace, de una de las cuales era ministro el eunuco bautizado por San Felipe. Reunidos los etíopes en un mismo imperio por Sesostris, que será acaso el Sesac de la Escritura, tuvieron sus conquistadores, como Zara, derrotado por Asá, rey de Judá, al frente de un millón de soldados, y como el ya conocido Sabacón, llamado Sua o Taraca en la Biblia, hasta que el asirio Asaraddon, para vengar la derrota de su padre Senaquerib, se apoderó del Egipto y de la Etiopía, donde reinó tres años con mucha crueldad. No se sabe más de los etíopes hasta Ciro, cuyos sucesores solo dominaron algunos etíopes confinantes con Egipto. Ptolomeo Evergetes penetró más tarde hasta Auxumis, y los romanos entraron alguna vez en Etiopía; pero fueron efímeras y nada estables sus conquistas.

[261] No sé por qué los griegos dieron este nombre al lugar donde se deportaba a los desterrados. La citada Oasis era la mayor de las tres así llamadas.

[262] Antes había ya Cambises con una conducta poco considerada abrasado los templos en Menfis, y quitado de la tumba del rey Osimandias un círculo de oro de 365 codos, en cuya superficie se representaban todos los movimientos de las constelaciones del cielo. Los restos escapados de las llamas subían a más de 300 talentos de oro.