1. Dieciseis años después de dictada la constitución para la Confederación Argentina, el primer censo nacional demostró con sus cifras, el exponente en cuanto á población, del grande adelanto que dieron á esta tierra las seguridades y libertades ofrecidas á nacionales y extranjeros, la paz y la justicia para todos.
Ese período de dieciseis años es pequeño, extremadamente pequeño en la historia de un pueblo cuyos orígenes sean remotos y cuya complexión orgánica responda á sólidas bases. Mas es un período grande para un pueblo incipiente, nacido en el ayer. En esos pocos años la nación hace grandes progresos, sufre transformaciones notables, cambia de traje. Es verdad que el cambio y los progresos no se presentan en todo su territorio de un modo semejante. Más aun, es sabido que las diferencias en los adelantos son grandes entre Buenos Aires y Jujuy, por ejemplo. No importa; existen progresos que llegan al mayor grado en la capital, y los progresos de la capital, pueden tomarse como próximos cambios en toda la nación.
La ciudad cabeza aumenta, crece desmesuradamente, y da motivo á la afirmación tantas veces traída y llevada del peligro é inconveniente de la cabeza enorme con cuerpo pequeño. Y ya que esta afirmación vulgar se presenta, diré al pasar dos palabras sobre ella. Se dice que la grande ciudad con civilización adelantada, con comodidades á que permanece ajeno el resto del territorio, con abundancia de oficios que retienen la inmigración impidiéndole desparramarse por los campos, es un grave inconveniente que retarda el progreso general del país, en beneficio sólo de la ciudad. Yo no creo en ese inconveniente; más aun, creo que los males que tal situación acarrea son pasajeros, en tanto que sus beneficios son positivos. Las grandes ciudades son como los grandes focos que irradian luz en derredor. La civilización limitada en un primer momento á un pequeño pedazo de terreno, cuando éste no pueda contener la población que afluye, la obligará á extenderse, á formar nuevas ciudades ó nuevos pueblos, los que á su vez facilitarán el originarse de establecimientos agrícolas y ganaderos en su vecindad. Sin Buenos Aires no se explicarían La Plata y Bahía Blanca, ni los cien pueblos que circundan á la gran metrópoli. La civilización se extenderá de este modo, quizás en una forma más lenta, pero indudablemente de un modo más firme.
Hecha la digresión volvamos á nuestro camino. Veamos el estado de la formación de la raza, el factor étnico, y relacionémoslo con el estado general de los progresos argentinos en aquellos años, que estudiaré sintéticamente.
La convicción de la necesidad de unir la sangre de la nueva nación, á la sangre de las naciones viejas, y de completar el futuro individuo argentino agregando elementos de las naciones formadas siglos antes, permaneció latente como la semilla que espera en tierra propicia, y tan pronto como la piedra que lo impedía, representada aquí por Rozas, fué sacada del camino, la semilla fecundó y el nuevo árbol dió frutos gratos.
Las nuevas medidas tendientes á favorecer la inmigración, partieron del estado de Buenos Aires por un lado, de la Confederación Argentina por otro, mientras permanecieron separadas; de la Nación Argentina, cuando la unión nacional se consolidó.
Del estado de Buenos Aires ó sus habitantes son estas iniciativas[28]: