Ley de 1854, que creó la comisión de inmigración y estableció la exención de derechos á los buques que trajesen 50 inmigrantes ó más.

En 1856, un grupo de ciudadanos distinguidos se encarga de ayudar á los inmigrantes en sus primeros días de patria nueva; solicita y obtiene del gobierno, local para albergar á los inmigrantes recién llegados que lo necesitaran; por susbcripción reune fondos para alimentarlos, obtiene una subvención del gobierno, y bajo el nombre de «Asociación filantrópica de inmigración, auxiliada y bajo la protección del superior gobierno del estado de Buenos Aires», que adoptó á poco de constituída, contribuyó grandemente á facilitar y favorecer la inmigración. Nacionalizada en 1862, llevó su existencia hasta 1869, en que fué reemplazada por la comisión central de la inmigración.

Las clases no pudientes del pueblo de Buenos Aires tampoco permanecieron ajenas á las demostraciones en favor del extranjero: deseaban su venida, le esperaban, le agasajaban; no importaba que el inmigrante viniera á Buenos Aires ó á la confederación: de cualquier modo llegaba á la patria próxima á constituirse, á trabajar en ella, á formar colonias agrícolas. «No son sólo las autoridades constituídas—dice un autor de la época—y la voz de la prensa sudamericana que apoyan con todos sus esfuerzos la realización de un vasto plan de colonización agrícola; la población entera favorece la ejecución de este proyecto por manifestaciones inequívocas. Hemos sido testigos de las demostraciones de fraternal simpatía que se prodigaron á un convoy de doscientas familias destinado á las colonias del señor Castellanos; á su llegada á Buenos Aires estas valientes personas se vieron objeto de una verdadera ovación. Por un acuerdo perfecto de franqueza y amenidad, por completo en las costumbres americanas, parecía querer borrarse en el espíritu de los recién llegados, las últimas tristezas que podían alimentar aun en el recuerdo de la vieja patria. Sería necesario, seguramente, citar el nombre de cada habitante de la ciudad, si se quisiera mencionar todos los actos de generosa hospitalidad que señalaron aquel día; nos contentaremos con recordar en esta obra al del señor Rams, ciudadano de Buenos Aires, quien haciendo un noble uso de su afortunada posición, hizo distribuír á los colonos, cigarros, confituras y refrescos de toda especie»[29].

Por su parte, la Confederación Argentina no procedió de otro modo; la prueba está en los decretos destinados á cumplir los mandatos de la Constitución al respecto; está en los nombramientos de cónsules, los tratados comerciales con naciones de América y Europa; está en la creación de un premio á la mejor memoria sobre clasificación y distribución de tierras públicas; en la concesión del ferrocarril del Rosario á Córdoba; está, para no citar más, en el encargo dado á Moussy, de la descripción de la Confederación Argentina, á fin de que en todas partes pudieran tenerse noticias de estas tierras; en la indemnización á los extranjeros de los perjuicios sufridos en las guerras civiles, y sobre todo en la buena acogida que recibieron los proyectos colonizadores de Brougues y Anchorena, en los que el gobierno nacional se responsabilizó por las obligaciones respectivas contraídas por los de Corrientes y Santa Fe.

Nuevas leyes, decretos, contratos, aparecen con iguales móviles, cuando Buenos Aires y la confederación formaron un solo país; resoluciones de esta índole son las leyes de 1862, autorizando el poder ejecutivo para celebrar contratos sobre inmigración extranjera, con facultad para conceder beneficios; la de libre introducción de los equipajes de los inmigrantes, en 1863, que se establece y conserva después en la ley de aduana; la creación de la «Comisión protectora de la inmigración», y en fin, muchas otras resoluciones de semejante especie, hasta la creación, en 1869, de la «Comisión central de inmigración», de cuya obra nos ocuparemos después.

Es claro que todas estas resoluciones realizadas en los hechos, en todo ó en parte tenían forzosamente que facilitar la llegada de los extranjeros que adhiriéndose á la nueva patria, darían á ella su sangre y su trabajo.

Cada nación, con sus hijos mandaba su espíritu; con su fuerza económica, su fuerza moral; allí donde ellos llegaban, traducían sus ideas en hechos y removían el espíritu; las regiones preferidas cambiaban de aspecto más pronto, las rezagadas cambiarían después. La entrada de inmigrantes que era de 1500 en 1854, alcanzaba tres años después á 4950, llegados en 1857; á 6300 en 1861, á 11.600 en 1864; á 29.000 en 1869. En estos totales, los italianos ocuparon durante todo este período el primer lugar; correspondiendo á aquella nacionalidad, siete décimos de los llegados cada año; habían desalojado á los españoles: la ciudad capital les contaba en gran número; en 1856, en sus 91.395 habitantes, contaba con 10.279 italianos; su número siguió creciendo y en 1869, el censo dió 41.957 italianos para una ciudad de 177.787 habitantes, y 71.442 para toda la nación cuya población era de 1.877.490 habitantes (contados 41.000 argentinos residentes en el extranjero). En aquel año llegaron de esa nacionalidad 21.419 individuos.

Su número fué proporcionalmente tan grande, que algunos espíritus timoratos de pocos alcances, creyeron ver en esa abundancia un peligro que se expresó en el diario de la época Los intereses argentinos; campaña anti-italiana efímera que murió al nacer, siendo destruída en sus comienzos, entre otras tantas, por la palabra incisiva de Héctor Varela[30]. El peligro que la educación italiana pudiera traernos y que las ideas monárquicas pudieran infiltrarse, no fueron más que alucinaciones; no lo fueron en cambio las colonias agrícolas, la población numerosa, las artes y las ciencias. Y es desde 1859, dato curioso, que los compatriotas de Colón monopolizan el cabotaje[31]. Viviendo vida argentina, no olvidaban la patria, y mantenían el recuerdo y la unión de sus connacionales agrupándose en sociedades y fundando diarios: en 1869, los italianos tenían dos diarios La Nazione Italiana y Eco d’Italia.

España, no obstante la tendencia á la desespañolización, que mostraban sus antiguas colonias de aquende los mares y de la que más adelante nos ocuparemos, seguía suministrando hijos á la Argentina, brazos á la agricultura y... criados á las familias pudientes. Es un error el que expresa Daireaux[32], cuando al referirse á 1868, á las grandes afluencias de extranjeros, dice que la inmigración menos poderosa era la española; lejos de ello, ocupaba el primer lugar después de la italiana, como lo siguió ocupando en adelante con excepción de los años 1872, 1881 y 1890 en que fué superada por la francesa. Es fácil comprobar tal cosa, con las cifras de la estadística de la oficina de inmigración.

Más, la sangre española no modificó el carácter étnico argentino; contribuyó más bien á mantenerlo tal cual era, demorando la transformación; á pesar de la «oposición que los sucesos revolucionarios debían convertir en aversión y degenerar por desplazamiento de aquélla, en prurito de imitación excluyente de las ideas de la metrópoli», también es cierto que «no se elimina por la sola fuerza de la voluntad lo que arrastra la sangre ó está adherido á la estructura íntima del nervio»[33]. Y es así que el hispano continúa su dominio en la raza á pesar de la ruptura de vínculos políticos, y sus hijos venidos á estas tierras son como los enviados á mantener las tradiciones seculares de todo género. Y en la pereza, en la fácil palabra, en el valor, en la tendencia religiosa, en las formas arquitectónicas de las ciudades, España conserva su poderío que durará mucho aún, aunque el transcurso del tiempo pueda reducirlo á la expresión más abreviada del resumen.