2. Pero los cambios de costumbres también son grandes aun en los detalles, y este hecho curioso lo señala: la siesta, la famosa siesta colonial, desaparece en el Rosario en 1864, debido al trabajo y á las ideas y costumbres traídas por el elemento extranjero[38]. En las ciudades en que el incremento de la población extranjera no ha sido tan considerable, aquélla se ha mantenido más tiempo y en algunas se mantiene aún.
Se introducen métodos nuevos para el cultivo de los campos: las colonias de Santa Fe, Entre Ríos, Buenos Aires y Corrientes, muestran las ventajas de la agricultura; los nacionales empiezan á tener afición á ella; en las ciudades, desde 1856 aparecen las luminarias á gas, los empedrados adelantan, el valor de la tierra sube, las modificaciones se propagan al interior, los capitales afluyen; en 1865 los serenos se declaran en huelga, «signo de progreso»[39]; en 1866, se funda la sociedad rural, de la que es iniciador con otros, el inglés don Ricardo Newton que poco antes había inventado los alambrados y ensayado la introducción de animales finos. Se le llamó loco porque pretendía con débiles alambres, sujetar la fuerza de formidables toros, y gastaba en un carnero traído de afuera, cinco veces más de lo que gastaría en el mejor carnero argentino; no importaba, sabía lo que hacía.
De los extranjeros que llegaban, muchos quedaban en las ciudades, algunos avanzaban sobre el litoral donde otros les habían precedido, otros pocos se expandían por el resto de la nación; era la mayor ó menor facilidad de vida lo que determinaba sus movimientos. Algunos pensarían retornar al país de origen, enriquecidos; otros dejaban aquel pensamiento, se vinculaban, se casaban con hijas del país, se establecían definitivamente, daban descendientes argentinos.
Las uniones naturales entre extranjeros é hijas del país, eran muy comunes; la reproducción era abundante; un cálculo de treinta y ocho años, hecho considerando los libros parroquiales de Córdoba, ha dado el resultado de siete hijos para cada matrimonio de blancos[40].
En el cálculo de matrimonios en el litoral se llega á que aproximadamente, de cada cien extranjeros que contraen matrimonio, sesenta y seis lo hacen con hijas del país y treinta y cuatro con extranjeras; en el interior, el porcentaje es mayor.
Algunos documentos antiguos traen noticias interesantes á este respecto: como muestra y confirmación de lo que digo, puedo recordar estos datos tomados del registro estadístico para el estado de Buenos Aires, que dirigió Maeso primero, y luego Trelles: trae el tomo correspondiente al primer semestre de 1856 una estadística de matrimonios de la ciudad de Buenos Aires por parroquias, estadística primitiva, indudablemente con errores y de la que se excluyen del sistema con que se dan los números, los de la parroquia del Socorro, «por cuanto el señor cura no los ha enviado en la forma que correspondía». Para no enumerar todo aquello, he hecho este resumen:
En congregaciones extranjeras 26, entre protestantes, ingleses, alemanes, americanos y escoceses.
Estos datos son sin duda defectuosos, pero interesan del punto de vista de la cantidad de nacionalidades que comenzaban ya á formar la nueva nación. Y estos matrimonios tienen hijos que nuestra ley considera argentinos y que lo son también en sus sentimientos. Pero ¿tienen los mismos caracteres que tendría la población si hubiera continuado siendo española ó descendiente de española? ¿no vale entonces de nada la herencia? Indudablemente son argentinos, pero distintos de los otros; no son ni parecidos á los primitivos argentinos ni á los compatriotas de sus padres; tienen de uno y de otro; el medio los modifica: los cruces los modifican más; no son, serán; son argentinos en un sentido; tienden á ser, en otro: su unidad como raza no está hecha, será, está en el futuro.