La vida financiera argentina, sin embargo, no sería suficiente para darnos á conocer la marcha de nuestra historia; los progresos y adelantos argentinos en diversos órdenes de actividad de 1853 á 1869, avanzaron al movimiento financiero que quedó un tanto en retardo porque las circunstancias así lo impusieron.

De 1853 hasta el 1860, la historia financiera argentina marcha desdoblada en dos: el estado rico, el hermano mayor, Buenos Aires, por este lado: la confederación de los otros, por aquél.

El primero no se arredró por los cuantiosos presupuestos con enormes déficits; no importaba; las necesidades los exigían y el sentimiento de la grandeza futura de la patria los autorizaba; las emisiones de papel moneda y la emisión de fondos públicos eran cosas que á diario se sucedían y las resoluciones sobre el modo de amortización de todo aquello, eran más para el papel que para ser cumplidas: la lógica de los sentimientos y el razonamiento de justificación de que Ribot nos habla en su obra La logique des sentiments, ocuparía un lugar prominente, dada su utilidad.

No obstante se hicieron adelantos y grandes: bastando para ejemplo, el Banco de la provincia de Buenos Aires, antigua casa de moneda, que tuvo gran prosperidad, que prestó grandes servicios al comercio y que ayudó al estado á desenvolverse en las redes de deudas y fardos de papel moneda.

La confederación por su parte, debió también pensar en el gran problema, que se presentaba para ella en las peores condiciones; los grandes remedios ideados no siempre atacaron en sus raíces los grandes males, y por eso fué un fracaso la famosa junta que se creó para regir todo lo económico-financiero de la nación, desempeñando á un tiempo mismo las funciones de crédito público, contaduría, tesorería, banco nacional, ministerio de obras públicas, dirección de correos, intendencia, etc. No dió mayores resultados la ley de derechos diferenciales, y Buenos Aires siguió dominando la situación comercial. El gobierno de la confederación se encontraba así sin créditos, sin dinero, sin bancos, sin recursos para accionar: y no podía ser de otro modo, desde que hoy mismo Buenos Aires sostiene en gran parte la nación y ayuda en mucho al sinnúmero de subvenciones que se otorgan á las provincias. Su aduana, con sus entradas que le dan diariamente sumas que alcanzan y pasan de 500.000 pesos moneda nacional, es una potencia colosal que mantiene en sus espaldas muchos de los gastos que el progreso nacional ó el sistema parasitario argentino imponen á los presupuestos.

De 1860 en adelante, Buenos Aires y la confederación tienen una vida común y como consecuencia, su historia financiera vuelve á unirse; hecha la paz, porteños y provincianos juntos pensaron en lo económico; se reconocieron como una, las deudas respectivas, se nacionalizó la rica mina de la aduana de Buenos Aires y se consiguió dar alguna estabilidad al papel moneda, fijándole un precio ó por lo menos disminuyendo su agio.

Para organizar el tesoro se debió partir literalmente de la nada. Recuerda el doctor Terry en su trabajo citado, que el doctor Vélez Sarsfield, ministro de hacienda en la época, manifestaba en sus conversaciones particulares, que el gobierno había encontrado por único numerario existente en las cajas de la confederación dos pesos plata.

Entre empréstitos, garantías, impuestos, mejoraba la situación, cuando la guerra del Paraguay, vino á renovar el desequilibrio, siendo necesario recurrir á nuevos empréstitos. Más este desequilibrio es inferior al que las luchas interiores causaban, y los dineros que se iban para defender á la patria, dejarían recuerdos menos ingratos que los que se habían ido para estériles luchas intestinas.