Los italianos avanzan en número y progresos, incorporándose á nuestra vida: las colonias agrícolas les cuentan por millares; sus capitales afluyen y les permiten en 1872 fundar el Banco de Italia y Río de la Plata. Nuevos diarios les comunican: el Operaio Italiano después Patria d’Italia, L’Italia Platense, La Rassegna Italiana; cantidad de sociedades les agrupan, sus artistas invaden los teatros, enfín, su influencia se revela en la Exposición continental de 1882.

Los hijos de Francia cuentan con la construcción del ferrocarril de la provincia de Santa Fe, con la acción de Lacroze, Ringuelet, con las numerosas industrias y colonias. Desde 1884 tienen una sociedad de protección de inmigrantes franceses que presta grandes servicios. Desde 1883 data la introducción á la República de grandes capitales franceses y de poco después la colocación en Francia de empréstitos argentinos.

Los ingleses son capitalistas por excelencia: ferrocarriles, tramways, colegios, industrias de toda especie donde son necesarios fuertes desembolsos, cuentan á los ingleses como dueños. Muchos de ellos son también estancieros y algunas de sus costumbres, de todos son imitadas: los sports y ejercicios físicos tan en boga no tienen otro origen.

Desde 1880 adquiere importancia la inmigración alemana y aun antes se introducen grandes capitales que pertenecen á alemanes: en 1872 empieza la navegación alemana con el Bahía de Hamburgo S. A.; sigue en 1876 con el establecimiento del Lloyd Alemán, y en 1873 con el de la compañía Hamburguesa Cosmos. Y entre las grandes industrias, baste recordar la compañía Trasatlántica de Electricidad, los nombres de Kraft, Peuser y la Compañía Sudamericana de Billetes de Banco. La colonización, mucho les debe: Krell, Herland, Norden, Holdz, Goedecken, Stroeder, son decididos emprendedores. Enfín, Lorenz autor de Estudio sistemático de la flora argentina y Burmeister, son en esta época los representantes de la ciencia alemana en la Argentina.

Muchos combaten la inmigración de ingleses y alemanes: se dice no sin razón que, de sangre diversa, son de difícil adaptación; que fundan colegios donde se enseña á los hijos que es Inglaterra ó Alemania la patria y no la Argentina. Sin embargo el peligro es relativo y la causa de esta actitud débese, más que á sangre distinta, á intenso amor hacia la patria lejana, que hace desear á los padres que los hijos sean también de aquélla. Esperanza efímera, sin duda, desde que si el colegio les conserva alemanes ó ingleses, en cambio, les harán argentinos la universidad, las amistades, el trabajo, la vida toda. En este sentido, estoy de acuerdo con el señor Tjarks en su estudio sobre la actuación de los alemanes en la República Argentina; cree que ese cariño que los inmigrantes guardan á su país de origen, no sólo no perjudica, sino que puede ser útil á la nueva patria, «un mal ciudadano de la antigua patria nunca podrá ser bueno en la nueva. Una buena educación hará revivir y proseguir en los hijos estas virtudes y formar buenos ciudadanos que serán hombres útiles á su patria».

El número de uniones entre nacionales y extranjeras, ó viceversa, también ha aumentado en grande escala. El censo de 1895 no da el número de argentinos casados con extranjeras ó de extranjeros con argentinas, pero la simple observación diaria muestra que esas uniones son completamente comunes y que no tienen nada de particular. Como los hijos de extranjeros que nacen aquí son argentinos, no es posible establecer cuál es el origen de sangre de cada ser argentino que se une con un extranjero. Pero la evidencia de estos hechos es tan grande que nos eximen de mayor encarecimiento.

No obstante todas estas vinculaciones y armonías entre nacionales y extranjeros, todas las fusiones que los acercaban cada vez más, la observación presenta dos hechos que pueden parecer extraños: la tendencia anti-extranjera recrudece en algunas épocas; el número de extranjeros naturalizados en la época del censo de 1895 es insignificante. El sentimiento antiextranjero y con especialidad antiitaliano tuvo manifestaciones intensas desde 1875 á 1877: en la capital, en el Rosario, en la provincia de Buenos Aires y Santa Fe, se cometieron numerosos abusos y arbitrariedades: parte del pueblo, generalmente la clase distinguida usaba de expedientes poco amables, y los comisarios de campaña, tantas veces y con tanta razón criticados, fueron cómplices de hechos vergonzosos[55].

En 1884 nuevamente se repite el hecho, comenzando por la ciudad de Buenos Aires; el poder ejecutivo propone al congreso nacional la restricción del voto en las elecciones municipales á solo los nacionales; se escribe en contra del extranjerismo. Los extranjeros, sobre todo los italianos, se sienten ofendidos, reaccionan, y como en todas las reacciones se va más allá de lo justo, se insulta á los nacionales y se les desconoce la parte que les correspondía en los progresos nacionales. El desconocimiento se hace con evidente mala fe. La exaltación continúa con calmas y recrudescencias, hasta que un acontecimiento de más importancia, natural é inesperado, desviando el interés hacia otro punto de mira, hace olvidar aquel estado incómodo de los espíritus. «Se habían hecho grandes preparativos para la celebración de la fiesta del 20 de septiembre, cuando un terrible huracán causó daños enormes á toda la parte sur de la provincia de Buenos Aires. Entonces las fiestas patrióticas fueron transformadas en fiestas de la caridad y los italianos se unieron á los argentinos para concurrir á aliviar las terribles consecuencias de la catástrofe»[56].

Indudablemente la causa de estos hechos no puede tener otro origen que el temor que hubieron de tener los argentinos de verse desalojados de la patria con tanto trabajo conquistada y organizada. Y el temor pudo también no ser inmotivado: los hechos posteriores probaron que no tuvo motivo alguno, pero en los momentos en que una determinada inmigración afluye en grande escala, no se puede estar en el interior de las conciencias de los gobiernos que dirigen el país de procedencia, para saber si hay honradez de propósitos: prueba ésto, las consecuencias sufridas por Orange y Transvaal que á sus riquezas de diamantes unían una codiciosa inmigración inglesa.