3. Tanta formación y transformación social dió lugar y da aún, á que toda clase de afirmaciones respecto del carácter de este pueblo, de esta raza en formación tenga algún fundamento en los hechos, y que junto á himnos de grandeza que nacen después de un estudio de las cosas, aparezcan juicios pesimistas nacidos también después de tal estudio.

Me he referido al principio de este trabajo á las afirmaciones de Le Bon en su obra Lois psichologiques de l’évolution des peuples. Menester es ahora volver á considerarlo. Tiene mayor valor respecto de nuestro estudio el libro de Le Bon, por dos razones: la primera, por el nuevo sentido que da al término raza, retirándolo de las interminables cuestiones que se suscitaban y suscitan cuando se habla de razas naturales. Sin afirmar ni negar la existencia de razas naturales, nos encontramos con razas históricas en pueblos y naciones, más fáciles de determinar que aquellas otras; la segunda, es que al hablar de la Argentina no lo hace con ánimo predispuesto en pro ó en contra: no es su estudio un estudio de la Argentina; ésta llega con otras, sólo como ejemplo, como aplicación de principios establecidos en la obra, al estudio comparado de la evolución de los Estados Unidos de América y de las repúblicas hispano-americanas.

Por ésto, por tratarse de la aplicación de una teoría de ciencia social, la considero. Por la misma razón no lo hago con otras obras que ó son alabanzas ó reproches más ó menos fundados ó infundados, ó son simples descripciones de la vida argentina.

El trabajo de Le Bon, en la parte de aplicación de la teoría á los hechos, prueba sólo una cosa: la grande dificultad que se tiene para hacer aplicaciones de ciencia social, cuando no se basan en un conocimiento completo del pueblo sobre el cual se hace; cuando se toma una época para caracterizar un pueblo, y cuando se trata de que las cosas encajen en las teorías y no que las teorías se adapten á las cosas.

Después de un elogioso estudio de las instituciones y pueblo norteamericano, que no escapa por eso á algunos tintes sombríos y presagios de decadencia, se ocupa de las naciones sudamericanas. «Todas han adoptado la constitución política de los Estados Unidos, y viven, en consecuencia, bajo idénticas leyes. Y bien, por el sólo hecho de que la raza es diferente y le faltan las cualidades fundamentales que posee la que puebla los Estados Unidos, todas estas repúblicas, sin una sola excepción serán presa perpetuamente, de la más sangrienta anarquía, y á pesar de las riquezas asombrosas de su suelo, zozobran las unas después de las otras, en dilapidaciones de toda especie, en la bancarrota y el despotismo.» Así dice el sabio autor: y sin embargo, de todos los antecedentes aportados, resulta que fuera absurda falsedad lo que tales palabras significan si no fuera sólo un error ó ignorancia de las cosas. Ni es cierto que estas naciones continúen en sangrienta anarquía, ni que la bancarrota, dilapidaciones y despotismo las acompañen; y es aventurarse más de lo justo, atribuír á tales vicios carácter de perpetuidad. Bien es cierto que á reglón seguido Le Bon se descubre y muestra cuál ha sido el bagaje de conocimientos que le ha permitido pontificar en aquél modo. «Es necesario recorrer la notable é imparcial obra de Th. Child, sobre las repúblicas hispano-americanas para apreciar lo profundo de su decadencia. Las causas están enteramente en la constitución mental de una raza que no tiene energía, voluntad ni moralidad. La ausencia de moralidad sobre todo, sobrepasa lo que de peor conocemos en Europa». Hace alguna salvedad en favor del Brasil. Citando una de las ciudades más importantes, Buenos Aires, el autor la declara inhabitable para cualquiera que tenga alguna delicadeza de conciencia y moralidad[73]. En términos parecidos se refiere al comercio argentino; así también á las instituciones. En seguida «toda la industria y todo el comercio están en manos de extranjeros: ingleses, americanos y alemanes». «La República Argentina cuenta cuatro millones de blancos de origen español: no sé si se citaría uno solo fuera de los extranjeros, que esté á la cabeza de una industria importante». Y termina el capítulo «esta espantosa decadencia de la raza latina, abandonada á sí misma, puesta en presencia de la prosperidad de la raza inglesa en un país vecino, es una de las más sombrías, de las más tristes y, al mismo tiempo, de las más instructivas experiencias que se pueden citar en apoyo de las leyes psicológicas que he expuesto». Es en la opinión de Child, viajero en estos pueblos, que Le Bon apoyó sus afirmaciones: la obra es imparcial, sin que sepamos por qué y vale más que estadísticas, memorias y cuánto pudiera haber tenido á mano. Así, estas regiones son declaradas inhabitables, sin recordar á sus millares de compatriotas que en la época vivían en ella. Y así también, con igual criterio puede hablarnos de falta de moralidad. Olvida la industria ganadera, desconociendo á los argentinos cualquier intervención en las industrias, y á fuerza de atacar, sólo cree que lo bueno lo trajeron ingleses, alemanes y americanos, sin recordar que son los latinos más latinos, los italianos, los que han producido la mayor transformación económica y los más grandes adelantos. Y amenaza una espantosa decadencia, un cataclismo final, basado siempre en ajenas afirmaciones.

El estudio que hemos hecho en todo el trabajo demuestra que toda esa amenaza es pueril: que la República Argentina, como otras americanas, marcha en la vida de los mayores progresos, no obstante tantos y tantos vicios que puedan imputárseles á sus hijos. Que la raza nueva es fuerte, que asciende y no degenera y que en su estudio, de complejidad suma, debe tenerse mucha cautela. De otro modo, hasta los sabios exponen al ridículo su ignorancia.

La parte teórica de la obra de Le Bon es excelente: basta recordar la síntesis que hiciéramos en el primer capítulo y aplicarla á la Argentina, después de conocer todos los datos que hemos aportado en los capítulos anteriores; se verá así que los resultados son bien distintos de los que expresara aquel autor, fundado en sospechosos juicios ajenos y con conocimiento incompleto de los hechos.

La formación étnica argentina, no ha terminado, decíamos antes; continúa. El factor inmigratorio es su gran palanca y la fusión de todas las razas toma forma en el nuevo individuo. Así se forman argentinos; el inmigrante se hace argentino de corazón, y sus hijos lo son también, de corazón y naturaleza: el pilluelo, hijo del inmigrante, «ese niño vagabundo y curioso, eterno ocupante de la calle, es el que aplaude con más calor las escuelas de cadetes, que con su encantadora gravedad desfilan en los días de la patria, el que viva con bullicioso entusiasmo la bandera haraposa del viejo y glorioso batallón, el que acompaña á las tropas más lejos, el que no falta á la lista, el que se asocia con la más candorosa y sincera decisión á todas las cosas populares en que está el pabellón y el uniforme»[74].

No estaba en un error, pues, el señor Belmar, cuando en su obra escrita en 1856, decía: «El porvenir del Río de la Plata está en la inmigración y la colonización... florecientes campos cubiertos de una inmensa variedad de productos, ciudades, pueblos, usinas, de toda especie, establecimientos agrícolas ó comerciales que se diría creados por la varita de algún mago, surgen de todas partes, las selvas se aclaran, el desierto retrocede con sus huéspedes espantados y los ríos que arrastraban cocodrilos y camalotes, pasean actualmente rápidos navíos. Ligados ya por rieles, telégrafo eléctrico, navegación á vapor, y quizás un día por la navegación aérea, las dos Américas, los dos mundos se darán la mano, para ser sólo y á pesar de los grandes ríos, cordilleras y océanos, un mismo país donde se desarrolle el vasto bazar de la industria universal... Acabamos, repitiendo con la más sincera convicción: un gran camino de bienestar, un camino largo tiempo esperado, se ha abierto para las clases trabajadoras que llenan el suelo de Europa, y que manteniendo la llaga del pauperismo inquietan á los gobiernos y afligen á los gobernados. Esperemos que el buen sentido de las poblaciones que sufren, y, si necesario es, el sólo instinto del interés, les harán ver de más en más, en la colonización de que acabamos de trazar un bosquejo fiel, una providencial tabla de salvación»[75].

4. Á esta transformación de las cosas é individuos ha respondido el nacimiento y transformación de las instituciones, que serán después materia de nuevas transformaciones. Hemos recordado, en cada caso las nuevas leyes de interés general, así como las reformas constitucionales que los diversos momentos exigían. El punto de partida fué la Constitución de 1853 y de allí en adelante la legislación del país se desarrolló á medida que las necesidades lo reclamaban; la legislación española que había precedido cedió á la nueva; códigos y leyes aparecieron, y muchas veces se adelantaron al momento, quizás porque en la mente de sus autores estuviera concebida en términos precisos la idea y conocimiento de futuros destinos. Así se llegó á la época contemporánea, en que los adelantos de la industria y las nuevas orientaciones sociales de toda clase demandan imperiosamente nuevas legislaciones; en que la inmigración hecha poderosa exige el estudio de las condiciones en que mejor se adaptará; en que la tierra elevando de continuo su precio de costo, reclama también un estudio detenido necesario para resolver los nuevos problemas que se plantean.