La niña se quedó un rato mirando la embarcación, que ya no era más que una pincelada negra sobre el agua turbia que la corriente llenaba de arrugas; la noche se tornó negra como un antro, nublada la luna por algunas nubes tormentosas.

A algunos pasos de allí vió una casucha de barro, por cuya puerta apenas entornada se escapaba un hilo de luz.

Fué una esperanza para la infeliz que empezaba a sentirse ganada por el descorazonamiento. Llamó a la puerta, y como no le contestaran entró de golpe.

Un candil de sebo, puesto sobre el ángulo de una mesa alumbraba un cuadro siniestro.

Sobre una mísera cama yacía un hombre, rígido, con los ojos cerrados y la boca crispada en un gesto de dolor, y el pecho desnudo y manchado de sangre, que parecía negra como la tinta.

Syra dió un grito. Una mujer que lloraba arrodillada a la cabecera de la cama, alzó la cara y viéndola dijo con una voz dulce y doliente:

—Me lo han muerto, niña. Era soldado y estaba de guardia en la plaza; los revolucionarios lo han herido y ha tenido tiempo de llegar hasta su rancho para morir junto a mí y a sus hijitos. ¿Por qué me lo han muerto, niña?

Una chiquela de cuatro años, silenciosa, con los ojos dilatados por el miedo, sentada a los pies de la cama, miraba sin comprender la terrible escena de su padre asesinando y semejante a una madre pequeña, acallaba al hermanito que estaba sobre sus rodillas, gimiendo de rato en rato, como si hasta él llegara la ola del dolor.

Syra llorando se arrodilló junto a la viuda.

—¡También a mí, también a mí!—decía en un sollozo que la sacudía entera, y no podía concluir la frase.—Hace horas que lo busco, muerto o vivo: "quedó junto al río", me han dicho riéndose y he corrido por la orilla del río, buscándolo sin encontrarlo.