De vez en cuando sentía que el suelo cedía bajo sus pies como una húmeda esponja, y el frío le volvía un instante la sensación de la realidad; se acercaba a los varillales, que crecían a la margen del río, y donde, según los cuentos de su niñez, se guarecían los yacarés en las horas de sol.
Se apartaba horrorizada de aquellos lugares, y volvía a correr sobre el paño verde del bañado, sintiendo el cansancio que parecía romperle los muslos.
¿A dónde iba? ¿Por qué la habían engañado haciéndola ir por aquel desierto buscando su amor?
Ya no se oían los tiros. La ciudad, cuyas casas blancas se dibujaban a lo lejos entre las sombras de las calles, se había vuelto a dormir sin duda; y ella estaba allí, perdida en medio del campo, sin más compañía que la fría luz de la luna, que empezaba a nublarse y los estridentes ladridos de los perros, que se enfurecían al verla correr como un blanco fantasma.
En su memoria fatigada se perdían los detalles de las cosas. Sólo sabía que buscaba a su novio y debía hallarle muerto o vivo. Cuando caminaba despacio, el zumbido suave de la brisa anunciadora del alba, le daba la impresión pavorosa de un lamento, y por no oírlo y por llegar más pronto a donde él estaba, llamándola sin duda, con la esperanza de que llegara antes que la muerte, echaba a correr de nuevo.
—Allá quedó, junto al río—le habían dicho riendo.
Por fin el río que buscaba le cerró el paso. Era allí estrecho y encajonado por una barranca no muy alta, vestida de césped húmedo bajo el rocío de la noche.
Era el arroyo del Quillá, que media legua más al Oeste se junta con el Salado.
A corta distancia, hacia la ciudad, se veía como un escalón una segunda barranca, más alta y desnuda, donde se encaramaban las primeras habitaciones, algunos ranchos, y más allá la masa oscura de la barraca de Fosco, ceñida por sus tapias cubiertas de musgo, y por el bosque sombrío de quietos naranjos y quejumbrosos eucaliptus.
Syra vió pasar por delante de ella un grupo de hombres en marcha precipitada hacia el río. No supo quiénes eran; habría deseado preguntarles dónde se hallaba, pero antes que los alcanzara, ellos habían saltado en una lancha y huían rumbo a la isla, que no tocaron, sin embargo, siguiendo su costa corriente arriba.