Había al final de la calle un gran ombú que cerraba el paso. Las lluvias agrietaban allí el terreno y el árbol frondoso mostraba sus gruesas raíces descarnadas y blancas, que a la luz de la luna parecían brazos y piernas de muertos ya rígidos.
Syra se detuvo mirando extraviada aquellas extrañas figuras. Pensó en su novio:—"¡Allá quedó!"—le habían dicho—"junto al río".
—¿Qué río? ¿Había un río por ese lado? ¿Cuándo llegaría? Si estaba muerto tenía todo el tiempo que quisiera para esperarla. Si estaba vivo y deseaba decirle algo, y si era posible curarle, restañar su sangre y vendar sus heridas... ¡oh, Dios! ¿cuándo llegaría?
Se apretó la cabeza con las manos, sintiendo como martillazos en las sienes, el latido de sus arterias.
Comenzaba a desvariar. A ratos pensaba que todo era un sueño, tan brutal hallaba el cambio de escena. El salón brillante, la luz, la alegría, la música, el amor; y luego la noche, con sus sombras y rumores terribles, y aquella frase que sin duda había soñado: "¡Allá quedó!"
¿Qué significaba eso? ¿Era acaso una consigna dada al joven militar? ¿Estaba de guardia junto al río? ¿Y dónde era el río?
Trepó la barranca. A la sombra del ombú crecían tupidas enredaderas, entre cuyo matorral brillaban las luciérnagas. Las anchas ramas cerraban el horizonte, pero subida ya sobre el borde, Syra vió el campo, extendido como una tela limpia y tersa, hacia el río Salado, cuyas aguas no alcanzaban a verse desde allí, pero que en las grandes crecientes lo inundaban.
De ese lado no había casas; algunas vacas rumiaban echadas en el pasto.
Syra se puso a correr de nuevo, con más miedo al hallarse sola, pareciéndole que detrás de ella corría la muerte, para llegar antes a donde estaba su novio o para avisarle que era tarde ya y que en vano se fatigaba.
El campo desenvolvía ante ella el terciopelo de su suave y fresco pastizal, sin una ondulación, pero sus ojos nada veían de lo que buscaban. Y seguía corriendo, sin noción de los rumbos, torciendo su camino hacia el Sur.