—¡Allá quedó, niña! junto al río.

Syra no vió el ademán en que le indicaba el Sur y echó a correr hacia el Oeste buscando el río, a cuya orilla había ido por ese lado alguna vez.

Pasó de nuevo frente a su casa que los revolucionarios invadían, oyó tiros y corrió con ansias, sin detenerse, hasta que dejó de sentir el siniestro silbido de las balas, que había ido persiguiéndola en su carrera como una pesadilla.

Se detuvo un momento para organizar sus ideas.

Parecíale, hundiendo los pies en el colchón de polvo de la calle que marchaba en sueños, y que ella misma, vestida de blanco con la negra cabellera desprendida y flotante, no era más que un fantasma.

Oíanse las descargas en la plaza, y volviendo la cara podía ver el relámpago que precedía a cada estampido. El silencio de la noche agrandaba los lejanos rumores de la lucha. Y Syra sentía confusamente al pasar, que puertas y ventanas se abrían y cerraban con cautela.

Por aquella parte las casas eran más raras y las calles más estrechas se dilataban hacia el Salado, bordeadas de pencales impenetrables, por sus temibles espinas.

Los canes alborotados por los tiros, aullaban con furia, y al rumor de los pasos de Syra que volvía a correr se arrojaban contra ella sin salir, no obstante, del cercado de pencas, medrosos también ellos en aquella siniestra noche.

La luna serena y majestuosa, prendida como un broche de oro en el límpido cielo azul, alumbraba con indiferencia la ciudad poblada de ruidos, y en la calleja estrecha, por donde Syra corría, sus rayos prolongaban las sombras temerosas de las plantas que se extendían como garras sobre la acongojada criatura.