Fué en ese momento cuando se oyó que en la galería crecía el bullicio, y se sintió desembocar una oleada de gente que Montarón creyó amigos por lo que abrió la puerta del salón, apartando suavemente a su hija.

Y esa maniobra salvó a Insúa, el cual, acosado por Iriondo, que había sabido prevenir su asalto, y vencido por el número, cruzó como un relámpago hacia el balcón, a donde Syra lo siguió mezclada entre los hombres que le perseguían y segura de que él podría decirle dónde estaba su novio.

Pero al verle saltar la balaustrada y disparar por los tejados vecinos hacia la plaza, iluminada por el fogonazo de las descargas quiso seguirle, como si su esperanza huyera con él, mas alguien la contuvo y entonces echó a correr, a través del salón, buscando la escalera del patio sin detenerse a ver lo que ocurría a su padre y a Cullen rodeados ya por gentes de la policía, que Iriondo mandaba con voz serena y ademanes precisos.

Un poco más pálido, el cabello más revuelto, la mirada más brillante, eso era todo lo que en él se podía notar de extraordinario. Bayo a su lado, puesto de pie ya, sin decir palabra, apoyaba esas órdenes con sus gestos.

Despeñándose casi por la escalera sembrada de flores desprendidas de las guirnaldas, llegó Syra al zaguán, y como a nadie viera, salió a la calle y corrió hacia la plaza, donde era la lucha.

Veía las cosas nubladas por el humo acre de la pólvora que se le agarraba a la garganta, y los fogonazos, que brillaban como entre una neblina, apenas servían para guiarla, con su luz despiadada. Al llegar a la esquina estuvo a punto de ser envuelta por un pelotón de hombres que desfilaban a lo largo de las paredes guareciéndose de los tiros que llovían de todas partes.

Eran revolucionarios y marchaban sobre la casa de Montarón en auxilio de los amigos.

Uno de ellos se detuvo al ver a Syra. Fué un segundo no más, por mirarle la cara.

—¿El teniente Borja?—le preguntó ella juntando las manos.

Y el revolucionario, que un rato antes había asistido a la rápida escena que tuvo lugar a pocos pasos de la barraca de Fosco, le contestó con una torpe sonrisa: