En el salón, con sus muebles revueltos y sus puertas cerradas por Montarón, sólo quedaban Cullen y Bayo, sentado éste, pálido y ceñudo, comprendiéndolo todo, pero sin hacer un gesto que pudiera provocar una violencia, y el otro de pie, a su lado, atento a los movimientos de su prisionero.

Por un resto de cortesía, Montarón no se acercaba a su huésped traicionado. Iba hasta el grupo de las mujeres enloquecidas, preguntaba por doña Celia, desmayada, miraba a su hija llorando, con la cara escondida y volvía a la puerta que de afuera golpeaban de cuando en cuando, sin lograr abrirla.

Pensaba en la suerte de Iriondo, apresado seguramente por Insúa en la galería de cristales.

En la plaza, frente al Cabildo se batían los revolucionarios contra los policianos que respondían con un vivo tiroteo. Una bala dió en la araña del centro del salón y desprendió un manojo de caireles hechos trizas.

Montarón miró a su hija, que al sentir el ruido de los cristales rotos se puso de pie, y muda, dominando una desesperación que hacía dar gritos a las otras mujeres, corrió a la puerta de la galería, en donde resonaban de nuevo furiosos golpes.

Su padre abrió los brazos para contenerla, pero ella lo rechazó con un solo ademán que a él le heló la sangre en el corazón.

—¡Hija mía!—exclamó él, y ella bruscamente como si aquel grito le volviera el sentido y la esperanza, sintiendo una inmensa necesidad de consuelo, se volvió a él y se echó llorando sobre su pecho.

Él no habló, porque le acosaba el remordimiento de aquel dolor silencioso en que había anegado a su hija.

Nada sabía aún de lo que le habría pasado, mas tenía el presentimiento de que la desgracia de ella iba a ser su desgracia.