—Si se mueve, lo mato.
A la primera descarga, sucedió un vivo tiroteo, y la calle oscura se iluminó con la luz de los fogonazos, llenándose a la vez con el humo acre de la pólvora.
El tropel y la gritería de los que invadieron la casa, y el estrepitoso tumulto que se alzó en el salón, cuyas puertas se cerraron con violencia, dejando en la sombra la galería de cristales, de donde los músicos huyeron, permitió a Insúa alejar de un manotón el revólver que le amenazaba.
Salió el tiro sin herirle y él con su gran fuerza, se zafó del terrible brazo de Iriondo, mas al echarse atrás buscando su propio revólver en momentos en que volaban hechos trizas los cristales de la galería, invadida por una ola de gentes, revolucionarios y gubernistas, mezclados con los soldados de Jarque que no distinguían a unos de otros, constató que Iriondo se lo había sustraído al pasarle la mano por la cintura.
—¡Ah, traidor!—exclamó con impotente rabia, sintiéndose desarmado, y como a una orden del jefe de los gubernistas, cuya alta figura dominaba a todos, los soldados se echaron sobre Insúa, éste dió un empellón a los que le cerraban el paso, y no pudiendo bajar por la escalera, atropelló la puerta del salón, que se abrió con estrépito, cruzó el recinto que era una colosal batahola de hombres que luchaban y damas que parecían muertas sobre la alfombra, salió al balcón y encaramándose hasta la balaustrada saltó hacia el tejado de la casa vecina, buscando un sitio por donde echarse a tierra para tomar su puesto en el combate contra el Cabildo.
X
La noche trágica de Syra
A la primera descarga, Syra, intensamente pálida, con los ojos dilatados por el terror, se llevó la mano al corazón, sintiendo una gran angustia y se abatió sobre un sillón, llorando como un niño castigado. ¡No había ya remedio!...
Las demás mujeres, sorprendidas por la revolución, se agruparon en la sala del ambigú, para escapar de las balas que empezaban a entrar por las maderas del balcón, destrozando los cristales. Algunos hombres las atendían, pocos, porque casi todos habían bajado al patio donde el tumulto era indescriptible.