Iriondo sonreía.

En este momento apareció en la puerta del salón, por donde se veía el cuadro brillante del baile, la magnífica figura de Syra.

—¡Ah, Insúa!—exclamó al verle, acercándosele con un apasionado interés, mientras él se acomodaba con mano trémula, el pañuelo rojo sobre su manchada pechera.—¿No salió el teniente Borja con usted?

Insúa se estremeció. Una inmensa angustia se pintaba en aquella hermosa cara, y la voz temblaba como una imploración.

Dominó violentamente sus nervios, se acercó a la joven que esperaba su respuesta con una indescriptible ansiedad, y le ofreció el brazo, que ella no aceptó, volviendo a preguntarle:

—¿No salió con usted, capitán? ¿Verdad que no salió con usted?

El estampido de una descarga apagó brutalmente la armonía de la orquesta.

Se produjo un remolino en la concurrencia del salón. Sin preocuparse de su compañera que se había erguido al rumor de la lucha, y le increpaba preguntándole por su novio, Insúa corrió a la galería para arrojarse sobre Iriondo, mas éste previó su ataque, cerrándole el paso, y en un ademán siempre mesurado y amistoso, con el brazo izquierdo lo tomó por la cintura, lo llevó hacia afuera y tranquilamente le dijo:

—Explíqueme qué es eso.

Y como Insúa quisiera librarse de aquel abrazo, Iriondo con mucha calma alzó su mano derecha en que tenía un revólver, se lo puso a dos pulgadas de la frente, y le volvió a hablar con su palabra serena e imperiosa: