Insúa no encontraba respuesta que dar, temiendo siempre delatarse y echaba de menos la serenidad con que pensaba y ordenaba sus ideas en medio de una batalla. ¿Por qué, pues, no lograba dominar la impresión que aquel hombre le causaba con sus frases intencionadas?

Para librarse de la presencia de Iriondo que lo desconcertaba, fué a entrar al salón, pero él lo detuvo de nuevo, con el mismo gesto sin violencia, que no podía rechazar.

—¿Va a entrar así? ¿No ve cómo está manchada su pechera?

Insúa miró la alba pechera de su camisa y se puso pálido.

Una gran mancha roja ocupaba toda la parte baja, donde se abotonaba el chaleco.

Se volvió bruscamente, evitando la luz, y dijo sacando del bolsillo un pañuelo de seda color escarlata:

—Llevaba aquí el pañuelo y al lavarme seguramente lo he mojado y se ha desteñido...

Había perdido completamente su calma y la voz le temblaba.

Con ansia esperaba que sonara el primer tiro frente al Cabildo para arrojarse contra aquel hombre más temible por su serenidad que por su fuerza.