Le soltó el brazo y le tomó de la mano que Insúa no se atrevió a retirar, para no comprometer sus planes con alguna intempestiva brusquedad.
—Hay allí—le dijo Iriondo en voz baja, señalando el salón—una niña que pregunta por su novio, que salió con usted.
La mayor parte de los farolillos chinescos que iluminaban el patio y la escalera se habían consumido, y aquel lugar en que estaban los dos hombres, quedaba en la penumbra, fuera del cuadro luminoso de la puerta.
Pero Insúa alcanzó a discernir en el gesto y en la mirada de Iriondo una sagaz intención, y respondió exagerando la calma que empezaba a perder:
—Yo no he salido con ningún novio, doctor Iriondo.
—¿Ha salido solo?
—Solo.
—Yo ando siempre así—observó el jefe de los gubernistas, abandonando la mano de su adversario—sobre todo cuando me dicen que hay peligro en andar solo.
Pasó un breve momento de silencio.