Por la acera sombría de la calleja que trepaba la barranca, se adelantó Insúa casi corriendo.

Tan rápida fué la escena, que no le parecía verdad que en unos minutos hubiera suprimido el mayor de los obstáculos con que tropezaban los planes revolucionarios, aquella implacable vigilancia de Jarque, que estuvo a punto de desbaratar todo el complot.

Llegó a la esquina de la calle del Cabildo.

Era menor el número de los curiosos agolpados a la entrada de la casa de Montarón. El sueño y el frío de la noche, habían ahuyentado a muchos, y los que aún quedaban, yacían dormidos contra los pilares o en los rincones del zaguán, esperando que la fiesta concluyera, para acompañar, algunos a sus amos, otros a quien quisiera aceptar sus servicios, alumbrándoles el camino con un farolillo de aceite.

Los dos vigilantes apostados en la entrada, cabeceaban rendidos de cansancio y no vieron pasar a Insúa, que subió tranquilamente hasta la sala de baile, llena de la enervante armonía de una vieja mazurca.

En la galería de cristales, donde estaban los músicos, se despojó de su capa, y fué a entrar al salón, cuando una mano vigorosa lo detuvo por el brazo.

No era un gesto afectuoso, ni era violento u hostil; mas Insúa se volvió con ira para ver quién era.

Hallóse con Iriondo, a cuyo lado debió pasar, pero a quien no había visto.

Mirábalo con aquella serena mirada que se imponía aun sobre los que por primera vez se encontraban con él, y podían ignorar su prestigio y su poder.