El joven teniente sintió la penetrante ironía de aquella compasión.

—¡Cobarde!—gritó—¡A él lo has muerto a traición y yo lo voy a vengar!—y volvió a cargar con su espada sobre la blanca pechera que atraía sus furiosas estocadas, que el revolucionario esquivaba con ágiles movimientos.

En un salto que dió Borja, asentó el pie sobre el revólver de Jarque, y antes que Insúa previniera su acción, arrojó la espada y alzó el arma del suelo.

Insúa no pestañeó y de un balazo en el pecho lo echó por tierra.

—¡Oh, Dios!—exclamó Borja, abriendo los brazos y cayendo de espaldas. La capa, como una gran ala rota, quedó abierta debajo de su cuerpo. Era de paño azul, pero por su forro de terciopelo rojo, parecía una gran mancha de sangre, tiñendo el pasto verde que alfombraba la planicie.

Alarcón y sus hombres llegaron en ese momento. Insúa con tristeza les señaló el cuadro y les dijo:

—No quería matarlo, pero él se empeñó.

Cogió su revólver sin prisa, como si todo peligro hubiera pasado, y fué a recoger su capa negra, echada como un manto fúnebre sobre el cuerpo aún tibio de Jarque. La sacudió y se envolvió en ella.

Dió sus órdenes precisas; la gente debía marcharse enseguida y atacar el Cabildo. Un piquete debía al mismo tiempo invadir la casa de Montarón, adonde él habría llegado ya, para ayudar a sus amigos.

Y con esas palabras separáronse dejando sobre el campo verde los dos cuerpos inmóviles que la luna envolvía en su luz impasible.