—¡Ah! ¡misera...!—exclamó, y la palabra se rompió entre sus dientes apretados, y cayó herido en la frente por otro balazo cuyo estampido ensordeció a Borja, quien, ciego de furor, arremetió con su espada.

Insúa vió el relámpago del acero y saltó como un jaguar; pero la punta penetró en el flotante paño de su capa, que se desprendió de sus hombros y cayó cubriendo al cuerpo palpitante de Jarque.

—Ríndase, no quiero matarlo—dijo con su voz breve y tranquila apuntando a Borja, que arrancó su espada con violencia y se echó de nuevo sobre su adversario.

A la luz de la luna bañando la extensa planicie, en cuyo centro se desarrollaba la sangrienta escena, veíase a Insúa de frac, la blanca pechera, señalando el sitio en que debían herirle, y lleno de elegancia el gesto de su mano que empuñaba el revólver apuntando al joven teniente, que un momento se quedó paralizado ante aquella serenidad, que parecía atarle los brazos.

En la cercana barraca de Fosco, el rumor de la lucha en la hora señalada para que estallara la revolución, despertó una extraordinaria inquietud.

Los cien hombres allí encerrados corrieron a sus armas; los jinetes montaron en sus caballos asustados por el ruido y el movimiento y Alarcón y Fosco fueron hasta el portón de madera de la entrada, que tenía roído el borde de abajo, por donde el perro guardián sacaba el hocico y ladraba.

Abrieron cautelosamente y como a cien pasos alcanzaron a ver el fulgor de la espada cortando el humo del segundo disparo.

Alarcón reconoció a Insúa, comprendió que se batía y corrió, seguido de un grupo de hombres.

Oyó el jefe revolucionario el tropel de su gente que corría, llenando la noche con el metálico rumor de las armas, y dijo a Borja, que había saltado por sobre el cuerpo de Jarque para coger su revólver que brillaba en tierra a dos pasos de allí.

—No se mueva o lo mato—y añadió con dulzura, sin dejar de apuntarle,—quiero que viva para su novia.