Las dos siluetas se perdían ya a lo lejos, entre las sombras de los matorrales de la acera, donde crecían algunos corpulentos paraísos.

Jarque y Borja, maravillados de la repentina desaparición de Insúa, se habían echado a correr, cuando al desembocar una calleja apareció la mole oscura y chata de la antigua barraca de Fosco.

Jarque se detuvo y por primera vez se le ocurrió que ése podía ser el escondrijo de los revolucionarios.

¿Cómo no lo habían pensado antes, sabiendo que el ex-colono de Helvecia vivía en un impenetrable misterio que les había hecho creer que era alguna inofensiva manía del hombre viejo?

Se detuvo, agitado por la carrera, a unos cien pasos de la entrada del vetusto caserón.

—¡Que me lleve el diablo si no se ha metido aquí!—dijo con fastidio y entre dientes.

Vaciló un momento entre avanzar o volverse, para traer un piquete con que rodear la vasta construcción, que se veía allí, reposando plácidamente bajo los rayos dorados de la luna que ascendía.

Borja a su lado escudriñaba el caserío, por si algún indicio les revelaba lo que querían saber.

De pronto un terrible empellón lo tumbó en tierra, y sonó un tiro. El fogonazo lo deslumbró, y cayó enredado en su larga capa, y el revólver que empuñaba en la mano izquierda saltó a varios pasos de allí. Tenía la espada en la derecha, y quiso incorporarse, a tiempo que Jarque, el cual no parecía herido, gritaba haciendo fuego contra Insúa, que se echaba sobre él.