Un viento suave del Sur traía dispersas armonías de la sala del baile. Volvió a correr, y cuando las casas de las aceras empezaban a ser más raras y pobres, y comenzaban los yuyales y los cercos de ramas de los suburbios, dobló hacia el Sur, siguiendo la franja sombría de un pencal.
Los perros, que abundaban allí, ladraban a la luna que salía, destiñendo el azul intenso del horizonte.
Debían de ser las once y media, y en la barraca de Fosco seguramente le aguardaban impacientes y listos para el combate.
Fué a echar a correr, a la sombra de los tunales, cuando le pareció sentir un ruido metálico, como de una espada que se golpea.
Calle derecha, hacia el norte, alcanzó a ver de nuevo las mismas dos siluetas de la plaza, y comprendió que eran vigilantes que lo perseguían y habían dado ya con su pista.
Como no podía correr sin exponerse a ser visto, se metió por entre el pencal, defendiéndose con su capa de las espinas y aguardó que llegaran.
Marchaban rápidamente, corriendo a trechos, y pasaron tan cerca del sitio en que Insúa se había escondido, que los pudo conocer, al uno porque rengaba al correr, y al otro, porque vió la contera de una espada asomar por debajo de la capa.
—¡El novio de Syra!—pensó el revolucionario, recordando con qué empeño Montarón les rogó que ahorraran su vida, si acaso entraba él en la lucha.
Ese pensamiento le hizo vacilar, ante el proyecto que como un rayo de luz se le presentaba en ese instante. Debía seguirles, sin dejarse ver, y cuando estuvieran cerca de la barranca, saltar sobre ellos y matarlos, privando así al gobierno de sus mejores servidores.
No quiso pensar más, para evitar la compasión que podía nacer en su alma, recordando la súplica de Montarón. Empuñó su revólver y cruzó de nuevo por debajo de los espinosos cactus y salió a la calle.