A las once de la noche debía Insúa ir en su busca, para dirigir el ataque, pero la sospecha de que el complot no era ya un misterio para los de la policía, hizo variar un tanto aquel plan.
Insúa se limitaría a dar breves instrucciones a su gente reunida en la barraca de Fosco; encargaría a Alarcón la dirección del ataque, y él regresaría a la sala del baile, para ayudar a sus amigos a apresar a Iriondo y a Bayo en cuanto sonaran los primeros tiros.
Su presencia en la fiesta, mantendría a Jarque en la duda, sobre aquellos sucesos que presentía.
No todo ocurrió, sin embargo, como él lo pensara.
Su breve demora en el patio de la escuela, despidiéndose de Rosarito, dió tiempo a Jarque y a Borja para llegar a la plaza al mismo tiempo que él.
Alcanzó a ver, en la noche clara, la silueta de aquellos dos hombres que aparecían en la calle de la esquina de Montarón, y para despistarlos, si acaso tenían intenciones de seguirle, corrió por el costado de la plaza, que daba sobre la casa de Iriondo, y dobló hacia el norte por la calle del Comercio.
Allí dió vuelta a la manzana, y siguió corriendo como una sombra impalpable y silenciosa, unas cuantas cuadras hacia el poniente.
De trecho en trecho se refugiaba en el hueco de algún portal o detrás de alguna de esas ventanas salientes, en las casas de las gentes acomodadas y miraba si alguien le seguía.
Todo era silencio en la ciudad tenebrosa, dormida bajo el manto límpido de un cielo sin estrellas.