Por el humo que arrojaba la chimenea sospechó el joven suizo que estaba lista para marchar, río arriba sin duda, y no esperó más para volver adonde había dejado las chalanas.
A impulso de las palas, que movían echados en el fondo de la canoa, cruzó el bañado refulgente como una placa de oro a los rayos del sol poniente.
En pocos minutos llegó, y ordenó a su gente que se embarcara, y con los largos botadores empezaron a contornear la costa de la isleta de la Casa de los Cuervos, cuyos sauzales podían ofrecerle un refugio en alguno de los profundos ramblones que se internaban en ella, como una bahía.
Y así fué; cuando la lancha del gobierno pasó siguiendo el cauce del arroyo de Leyes frente al lugar en que habían estado fondeadas las dos chalanas de los revolucionarios, ya éstos se hallaban escondidos en un brazo del riacho, donde no podía entrar el vaporcito, por su mayor calado, y como el crepúsculo empezaba a difuminar el paisaje, ninguno de sus tripulantes advirtió la presencia de las embarcaciones.
Alarcón apretó cordialmente la mano del bravo mocetón que los había salvado de aquella sorpresa, aunque en el encuentro, defendiéndose con sus hombres, habría podido vencer a los otros.
Pero era arriesgar el éxito de la revolución, y valía más eludir todo incidente, que pudiera anunciar su paso, antes de que estuviera sobre la ciudad.
El día estaba perdido, sin embargo; no era prudente echarse a navegar teniendo próxima la rápida embarcación, que no tardaría en regresar, porque una legua más arriba, no hallaría agua bastante para su calado.
Era así preferible aguardar hasta la noche siguiente, en que con mucha probabilidad habría cesado la infructuosa vigilancia del río, para entrar en la ciudad una o dos horas antes del momento fijado para la revolución.
Y fué ese el motivo que dilató un día entero la llegada de las fuerzas de Alarcón. A eso de las ocho de la noche, casi a la hora del baile, fondeaban ambas chalanas en el extremo Sur de la calle de la Matriz doblando, como se llamaba entonces a la calle de San Gerónimo.
En la barraca de Fosco, adonde con infinitas precauciones fueron refugiándose uno a uno los revolucionarios, se reunieron más de cien, y aunque no todos bien armados, la aventura parecía tan bien dispuesta que ninguno dudaba del triunfo.