Alarcón, sin decir palabra, intentó treparse en uno de los sauces más altos, para escudriñar el río, que de una gran anchura allí, y lleno de curvas y de isletas montuosas, aparecía en la obscuridad como un charco de agua quieta y negra.
Lo detuvo la voz tranquila del indio que decía:
—Aquí está el gringo Moor.
De un salto Alarcón se echó al suelo, y el joven le informó en voz baja como si temiera ser oído, lo que ocurrió durante su ausencia.
Deseoso de arponear algunos sábalos, esa tarde para asarlos en la hoguera encendida en el montecito de algarrobos, él con un compañero conocedor de aquellos lugares, cruzaron el río en una de las canoas de las chalanas, buscando un sitio donde el bañado de la otra orilla era abundante en pescados.
Llevaba la fija, arpón terrible con su hierro dentado y su mango de caña tacuara, que Moor empezó a manejar, no bien llegaron al lado opuesto, ensartando de un golpe recio los sábalos de estrecho lomo que nadaban a flor de agua entre las altas hierbas acuáticas.
Al cortar así las aguas playas del bañado, avanzaron de nuevo hasta el río, curvo como una herradura, y a los rayos del sol que caía, vió Moor a breve distancia, una lancha blanca fondeada contra el sauzal.
Dióle un vuelco el corazón, y se aplanó sobre la canoa para no ser visto, quedando oculto a medias entre las pajas que cubrían el bañado.
La embarcación a la vista tenía una chimenea, y por ella conoció que era la lancha a vapor con que el gobierno vigilaba el puerto y la laguna y que a esa sazón remontaba los riachos para prevenir toda intentona por allí.