Y para templar mejor su espíritu la tomó en los brazos, la apretó contra su pecho vigoroso, y la besó en los labios, que sonrieron a través de las lágrimas, sonrisa que tampoco él vió, y que fué en el alma solitaria de la niña, como una estrella que se levanta.
IX
El pañuelo rojo
La puerta de la escuela se cerró sin ruido tras aquel bulto negro, que se perdió inmediatamente entre los paraísos de la plaza.
La gente de Insúa aguardaba la señal del ataque en la barraca de Fosco.
Las chalanas que mandaba Alarcón se habían atrasado, y un día entero se las esperó con temor de que no llegaran a tiempo.
Fosco veía en aquella tardanza maniobras de José Golondrina, cuya lealtad desconfiaba; pero la verdad era otra.
Cuando Alarcón y el indio José llegaron, arreando la vaca, a la orilla del arroyo de Leyes, encontraron que las chalanas y la gente habían desaparecido.
Era de noche ya y las pesquisas para averiguar el rumbo que hubieran tomado, se hacían imposibles en el tupido sauzal que les cerraba el horizonte por todos lados.