—No; si hubieras ido...

—Esas cosas no son para mí—observó ella, y agregó, deseosa de entrar en el secreto de aquella vida que amaba—¿por qué has salido?

Insúa queriendo llevarse como un talismán que le diera suerte los votos de la niña, le contestó al oído:

—¡La revolución! Dentro de media hora, seremos dueños del Cabildo. Piensa en nosotros, Rosarito...

Ella, que sospechaba la existencia de la conspiración tembló, sin embargo, como una copa de cristal sobre la que estalla un trueno.

—¡Dios mío!—exclamó apretando con sus manos las del joven revolucionario—¡Francisco, Francisco! ¿y si no volvieras más?

—Volveré—respondió él, que tenía fe en su estrella.

Rosarito se sintió ganada por la misma confianza que a él lo animaba, pero pensó que su vida brillante se alejaría más, con el triunfo, de la humilde existencia de ella.

Feliz, no obstante, con las cosas que a él le regocijaban, le deseó la victoria y como él sintiera en su mano la caricia tibia de una lágrima de ella, que lloraba en la sombra, sin que pudiera ver sus ojos azules anegados en llanto, saboreó de nuevo aquella ola de misteriosa dulzura que lo acercaba a ella.