Su instinto, más seguro que su vista, le hacía comprender que era Insúa el bulto que al llegar ellos al centro de la plaza desapareció como si lo hubiera tragado la tierra.

Y era Insúa, en verdad, que había penetrado en la casa de don Serafín Aldabas, salvando las tapias de la huerta por el mismo camino que solía hacer Montarón.

Ágil y fuerte como era, saltaba los obstáculos apoyándose en los puños, sin mancharse apenas el frac.

Tenía empeño en volver intacto a la sala del baile, para encargarse él mismo de apresar a Iriondo, y era necesario que ninguna huella sospechosa de aquella correría quedara en su traje.

Al llegar al jardín de la escuela, en la sombra de la galería del Sur, divisó la silueta gentil de Rosarito, que velaba a esa hora, sentada en la silla hamaca de su padre, pensando o rezando.

—¿Sos vos, Francisco?—le dijo la niña acercándosele;—habría tenido miedo, si en estos días no me hubieras acostumbrado a tus misterios.

La dulzura de aquella frase en que la niña se asociaba secretamente a sus empresas, penetró en el corazón turbulento del revolucionario, que se sintió inundado por una ola de afecto hacia la compañera de su niñez.

Ésta volvía a hablar. Él le tomó una mano, fría por la emoción, entre las dos suyas ardientes como si tuviera fiebre.

—¿Ha concluído ya el baile?