—¿Nadie ha salido del baile?

—Nadie, señor.

—Sin embargo, hay una persona que no está allí. Os habréis dormido.

Los serenos guardaron silencio. Uno de ellos dijo luego:

—Por la puerta no ha salido nadie. Si alguien falta puede haberse escondido en la casa misma o haber salido por los fondos.

Borja que oía sin decir palabra, mirando hacia la plaza en cuya esquina estaban, agarró de pronto el brazo de Jarque y le mostró un bulto que cruzaba furtivamente por el lado opuesto, y que se destacaba entre los troncos de los paraísos, sobre el fondo claro de una casa recién blanqueada.

Echaron a correr los dos, con la sospecha de que les interesaba detener a aquel transeúnte trasnochador.

Jarque sereno y valiente, sacó su revólver para llevarlo presto. Borja a quien el espadín colgante al cinto le estorbaba al andar, lo desprendió tomándolo en la mano, pronto a desnudarlo.

De reojo observaba a Jarque, el cual marchaba ágilmente a su lado, cojeando mucho, pero sin ruido, como si anduviera en puntas de pie. Fruncía el ceño para ver mejor y estiraba el pescuezo, con una ansiedad de lebrel que persigue su presa.