—Ahora, algo menos triste, los versos de Goyena: "Cuentan los sabios que la blanca luna..."

Jarque se había levantado, porque Syra iba a cantar acompañándose ella misma.

Cuando la vió sentarse en el pequeño taburete del piano, Borja aprovechó la ocasión para hacer notar al jefe la ausencia de Insúa, indicio grave, sin duda.

Rápidamente Jarque resolvió lo que debían hacer.

—Te vienes tú conmigo, sin decir palabra.

Y así, mientras Syra comparaba sus miradas con la fuerza misteriosa de la luna que mueve las aguas del mar, Jarque y su secretario, salían del salón, se envolvían en sus capas y se echaban a la calle.

En la esquina del Cabildo se acercó Jarque a dos de sus agentes de policía, encargados de vigilar la casa de Montarón: estaban alerta y fumaban para matar el tiempo.

—¿No habéis visto a nadie?

—No, señor jefe.