Vió a Iriondo y a Bayo, en un grupo, conversando de cosas que parecían absorber toda su atención, porque se habían retirado al fondo de uno de los saloncitos.
Syra seguía cantando y era tal la sugestión de su voz, que los concurrentes se acercaban poco a poco al piano para no perder una nota de la triste canción:
Si tú me nombras, si tú me llamas,
Si allí repites que aún me amas,...
Borja se imaginó a Insúa corriendo por las oscuras calles para reunir a su gente.
Aguzaba el oído y parecíale sentir el rumor de pasos de una patrulla, ahogado por doliente música, en que temblaba el alma de su novia.
Aproximóse a Jarque arrebatado por el espíritu romántico de los fúnebres versos, y le tocó en el hombro.
Jarque lo miró con mirada abstraída y sin pensamiento y siguió haciendo correr sus dedos sobre el armonioso teclado.
Por no alarmar a Syra, no se atrevió a insistir y aguardó angustiado el final de la canción.
Cuando la niña, con los ojos llenos de lágrimas se volvió hacia él, después del último verso, el joven teniente le dijo: