Envuelto en su capa, a fin de ocultar el frac, con un chambergo en lugar del sombrero de copa, escurrióse hasta la huerta para salir por la escuela de don Serafín, de modo que los policianos de Jarque, de guardia frente a la casa de Montarón, no pudieron notar su escapada.

Syra había empezado a cantar con una voz extraordinariamente conmovida:

Si por mi tumba pasas un día

y amante evocas el alma mía,

verás un ave sobre un ciprés;

habla con ella, que mi alma es.

De pie, al lado de Jarque, su admirable figura de blanco, con pequeño escote, y al cuello un collar de perlas que parecían desgranar sobre el hermoso pecho su oriente sedoso y viviente, Syra hacía temblar el corazón de su novio.

Y si aquella alma encarnada en el ave del ciprés no fuera la de ella sino la de él, ¿cuál sería el destino de la hermosa joven que lo amaba?

Si él moría, pensaba Borja, ella algún día, cuando lo hubiera olvidado sería de otro.

La idea de la muerte que evocaba en su canto se le hizo cruel como nunca. Pensó que podían ser verdad los oscuros presentimientos de Syra. Miró a su alrededor buscando a los jefes de la oposición, para ver si alguien faltaba, y notó inmediatamente la ausencia de Insúa.