Syra recordó el pedido que esa tarde le hiciera su novio; eran hermosos los versos de Goyena: "Cuentan los sabios que la blanca luna..." pero gustábanle más los del "Ciprés", y esa noche sentíase llevada por fuerzas misteriosas, a cantar su invencible tristeza.
Montarón asistiendo a la escena, comprendió que si Jarque iba al piano, Insúa aprovecharía su descuido para salir sin ser visto, y los sucesos que un instante había deseado que no ocurrieran, sólo dependerían ya de la mano de Dios.
Vió levantarse al jefe y cruzar el salón con su desairada figura, y por una reacción de su temperamento versátil, pensó que era mejor que sucedieran las cosas que con tanta audacia habían preparado, para derrocar el gobierno que execraban.
Después de todo Borja era militar y sabría defenderse, y él mismo en su casa, hallaría manera de salvarlo.
Por encima del frac tocó disimuladamente su revólver.
Estaba dispuesto a jugarse la vida para que la parte del programa confiada a él, que era apresar a Bayo, se ejecutara con toda perfección.
Allí cerca, en el patio sombreado por los naranjos, ocho o diez paisanos, llegados la noche anterior, e introducidos por él mismo en la casa sin que nadie los viera, aguardaban su señal, mezclados entre el grupo denso de curiosos que había invadido el zaguán, y se derramaba ya por las galerías.
En cuanto sonaron las cuerdas del piano bajo los dedos de Jarque, Insúa salió del salón.