Habían convenido los revolucionarios que en gracia de aquel amor, cuya fiesta servía a sus planes, pondrían empeño especial en ahorrar la vida de Carmelo Borja, pero aun así comprendíase el gran peligro que debía correr.

Por encima de todas sus ambiciones, Montarón miraba a su hija, como el motivo de todas ellas. Y ahora que la suerte estaba echada, y pronunciada quizás, la sentencia de muerte de muchos de aquellos brillantes militares que llenaban el salón, presentía el rencor de la joven, perdurable y sangriento, cayendo sobre la cabeza de aquel que atentara contra la vida de su novio.

Conocía su temperamento ardoroso, capaz de madurar en silencio una venganza y comprendía que él mismo no escaparía al encono de esa alma apasionada, si por obra de él se desgarraban las ilusiones de aquella hermosa noche de fiesta.

Por un momento con el corazón oprimido, deseó el fracaso del complot.

Se sintió viejo por el amor de su hija, a quien había vuelto a tener a su lado, después de muchos años de ausencia, y estimó la paz de su vida cerca de ella, en mucho más que sus inquietas ambiciones políticas.

Miró el reloj y vió que sólo faltaban algunos minutos para las once.

Iba a entrar al salón, cuando desde el lugar en que estaba oyó la voz de Jarque, hablando a su hija.

—Si usted canta "El Ciprés", yo le acompaño en el piano.

El jefe de policía era apasionado por la música, y sus gustos, en armonía con los de la época, le hacían preferir las canciones románticas y tristes, que se cantaban como salmodias desgarradoras.

Tocaba regularmente el piano, y entre todos los versos que había oído cantar a Syra, con su espléndida voz, llena de sentimiento, escogía siempre esa endecha lacrimosa del Ciprés, en cuya sombra se transformaba el alma vengativa del amante muerto y olvidado.