Cullen, acostumbrado a aquellas emociones, disimulaba perfectamente y en sus ademanes no se transparentaba nada que no fuese su finura de hombre culto, capaz de alternar sin esfuerzo con sus propios adversarios.

Bayo parecía ignorarlo todo, atendiendo solamente lo que Pizarro le relataba con animada mímica.

Ocupaban los dos un pequeño sofá de nogal acolchado de damasco, y sobre ellos caía la luz de un candelabro lleno de bujías, puesto a sus espaldas sobre una consola.

Tenían al frente, sobre otra consola igual, un gran espejo que les permitía mirar todo el salón sin volver la cabeza.

Iriondo con algunos amigos, se refugió en uno de los saloncitos, y su ausencia calmó un tanto los nervios de Insúa, que volvió a mezclarse en las danzas, con una ardiente fiebre de placer, como si la lucha cercana en que podía morir, no le preocupase, o redoblara su entusiasmo por gozar de aquellos fugitivos minutos.

Montarón salió hasta la galería, por esquivar las pupilas de Jarque, cuyos ojos semicerrados nadie sabía dónde miraban, aunque él en todo momento sentía la impresión de que estudiaban cada uno de los gestos que él hacía.

La hora en que habían convenido que Insúa saliera, estaba próxima y no se veía cómo podría abandonar el salón sin hacer notar su ausencia.

El banquero empezaba a ponerse nervioso; desde la penumbra de la galería vió a Cullen, en apariencia tranquilo, conversando con algunas señoras, pero puesta la mano sobre el reloj, como si él también sintiera la ansiedad de los minutos que volaban.

Montarón vió pasar a su hija, radiante, del brazo del joven militar, y empezó a torturarle un remordimiento, que durante el día lo acosara, y que ahora despertaba de nuevo en su corazón angustiado.