Estando en la ciudad, más extraño habría sido no ir, que ir a casa de Montarón, al que lo ligaba una antigua amistad.

De acuerdo los tres principales conjurados, se fijó la hora de la revolución.

Insúa saldría del baile a las once, procurando no ser visto, y se reuniría con su gente en la orilla del río, y desde allí invadiría la ciudad, marchando sobre la policía.

Antes de atacar, Insúa volvería a la sala de baile, para ayudar a sus amigos a caer sobre Iriondo y Bayo, y los hombres del gobierno, no bien sonaran los primeros tiros. Alarcón mandaría el asalto, y echaría un pelotón de hombres sobre la casa de Montarón, para ayudarles.

La trama del complot era simple; y a Insúa sólo le preocupaba la ausencia de Iriondo, que por ser la verdadera cabeza del gobierno, podía hacer abortar los planes no concurriendo a la fiesta.

Pero terminados los primeros lanceros, a cosa de las diez, cuando los caballeros agradecían a sus damas y las llevaban del brazo hasta los sillones colocados a lo largo de las paredes, se produjo un repentino silencio por la entrada de alguien.

Era Iriondo; venía solo, circunstancia que no escapó a los revolucionarios, pues era ese un gesto habitual de él, cuando sospechaba que había peligro, y a fin de mostrar su valor personal o su presencia de espíritu; Montarón, más solícito que nunca le salió al encuentro, deshaciéndose en cumplimientos, que Iriondo acogía con una reservada cortesía, gustando la impresión que causaba con su presencia.

No era ya la actitud algo bravía de Insúa, lo que atraía las miradas: era su manera superior de presentarse, natural y elegante, tranquilo y serio, correspondiendo todos sus ademanes, a motivos exteriores, sin que tuviera que sonreír ni saludar, para imponerse a los que lo rodeaban.

Más de un año hacía que Insúa no se encontraba con él, y al verle así, tan dueño de sí mismo, adelantándose a saludarlo, a él que si no podía vencerle estaba resuelto a matarlo, sintió conmovida la confianza que hasta ese momento lo animaba.

Montarón, inquieto y movedizo, exageraba visiblemente sus atenciones descuidando a los otros visitantes y provocando, sin duda, mayores sospechas en el jefe de policía, que se había vuelto a sentar en un rincón solitario, después de saludar a Iriondo.