Syra y su novio ocuparon un sitio frente a Insúa, que parecía absorto en decir gentilezas a su compañera en la danza.

—Si debiéramos temer algo—murmuró Borja al oído de la hija de Montarón—Insúa no estaría aquí. Es el brazo derecho de Cullen y el verdadero jefe de todos los ataques de caballería.

Syra tranquilizada por aquellas razones, miraba al arrogante caudillo, que en las combinaciones de la danza, le daba la mano para acompañarla en algunas figuras.

Habría deseado saber, si ya no era para esa noche, para cuándo serían los siniestros designios que se ocultaban en aquella altiva cabeza juvenil y enérgica, que los saludaba con tanta gracia, al pasar por su lado, a ella y a su novio.

Insúa, desde que entró en el salón, comprendió que algunos ojos lo vigilaban.

En un rincón, Jarque sentado, parecía dormitar, pues según su costumbre, entornaba los párpados. Insúa, no obstante esa disimulada apariencia, sentía sobre él la mirada del jefe de policía.

En otro lugar, Bayo, con Cullen y Montarón, atendía algunas damas indiferentes al baile.

Insúa miraba de cuando en cuando ese grupo. Iriondo no había llegado aún, y su tardanza le tenía inquieto, pues podrían verse obligados a modificar sus planes, si todas las cosas no pasaban como estaban previstas.

Su misma presencia en la fiesta, no era lo que habría convenido, mas debió ir para despistar a Jarque, el cual, sin duda alguna, lo había conocido la noche anterior cuando entró él a la escuela, de regreso de la barraca de Fosco.