La mano de Syra temblaba. Alta, maravillosamente esbelta, vestida de blanco, pálida por una emoción que, a pesar de esas buenas razones no podía dominar, permanecía de pie al lado de él, que se había sentado en un sillón invitándola.
Él no pudo ver quién era el que entraba al salón, haciendo cesar el rumor de las conversaciones, de tal modo que sólo se oía la música de la orquesta en la galería de cristal; pero ella, atenta a los detalles de la fiesta, sintió como un golpe en el corazón, pues lo que faltaba para confirmar sus sospechas, era la presencia en la ciudad del capitán Insúa, y era él, precisamente, el que acababa de entrar.
Borja, a quien Jarque le había confiado el encuentro de la noche anterior a la puerta de la escuela, se alzó del sillón, calmoso y tranquilo, cuando Syra, con los labios apretados por la nueva emoción, le dijo:
—¡Insúa! ¡Allí está Insúa! ¡Oh, Dios mío!
Hacía más de un año que Insúa no venía a la ciudad, y no obstante su vida de hombre de campo, era en los salones un perfecto caballero que llevaba con fácil elegancia el traje de etiqueta y dominaba todos los secretos de la cortesía.
Jarque al verle llegar sintió que se derrumbaba el laborioso edificio de sus conjeturas, porque si Insúa estaba allí, vestido de frac; si tenía a su lado a Montarón, que le contaba prolijamente cómo se injertaban los rosales; si Cullen se pajeaba en el salón atendiendo a las damas, todos con la más natural despreocupación, era porque el temido complot sólo existía en su imaginación.
Para no prolongar su actitud de vigilante, con un poco de despecho, abandonó su sitio junto a la puerta de la galería y entró al salón.
La orquesta, cuyos principales elementos había hecho venir Montarón de Buenos Aires, empezaba a animar el ambiente con sus piezas de baile.
Tocó lanceros y se formaron las parejas para sus elegantes y armoniosas figuras.