Borja sabía, que por falta de nuevos indicios, los recelos de Jarque habían disminuído, y confiado en su sagacidad sólo pensaba en la gloria de esa fiesta, en que Syra mostraba su amor a los ojos de todos los que pudieran haber dudado.

Festejábase su compromiso, y las amables visiones con que se llenaba su espíritu, no daban lugar a las sombrías sospechas que su novia le sugiriera esa tarde.

Conocíanse todos los hombres que podían entrar en la revolución, por lo cual, a cada nuevo concurrente que llegaba al salón, Borja, habituado a su oficio, indagaba si era de los sospechosos, sin interrumpir, no obstante su charla con Syra.

Don Servando Bayo entró de los primeros con el doctor Pizarro, su ministro.

Llegó de rigurosa etiqueta, correcto y tranquilo, y Syra viéndolo se sintió aliviada.

Un momento después llegó Cullen, a quien seguía la mirada cautelosa de Jarque, situado afuera del salón, en la galería de cristales, conversando con Montarón, mas sin perder un solo gesto de los hombres que le interesaba vigilar.

La fisonomía despreocupada de Cullen, sus maneras afables, distinguidas, su palabra suave, superficial y amena con las damas, desorientaban toda sospecha.

Acercóse a los novios y al cumplimentarlos su voz fué tan natural que Borja sintió desvanecerse sus últimos recelos, y al apartarse de él, buscando el refugio discreto de uno de los salones de las alas, donde podía hacer sus confidencias a la niña, le dijo, aludiendo por primera vez en el baile, a las alarmas que ella le confiara esa tarde:

—Ya ves, Syra; si Cullen está aquí, siendo el jefe de los opositores, es porque nada se prepara. ¿Estaría así, tan afable y tranquilo si hubiera el peligro de una revolución?