Las damas en cabeza, para lucir mejor los altos peinados; y con amplios y crujientes vestidos de seda; escotadas las jóvenes y aun algunas que habían dejado de serlo; y los hombres de frac y chistera, envueltos en sus capas.
Con una nerviosa solicitud, hacía Montarón los honores de la casa.
Atravesaba pausadamente, con una dama del brazo, el vestíbulo iluminado por los faroles chinescos colgados de las ramas de los naranjos, en el patio inmenso como una huerta; subía la escalera, y después de cambiar algunas palabras corteses arriba, en el gran salón, bajaba, saltando de dos en dos los escalones.
Su fisonomía habitualmente regocijada, tenía esa noche un sello visible de preocupación, y el mismo empeño que ponía en disimular, había chocado a Syra, la cual seguía a su padre, en todos sus movimientos, con ojos angustiados.
Rasurado prolijamente, pequeño, y rosado como un jovencito, su fisonomía no era ciertamente la de un conspirador, y el mismo Jarque, observándolo esa noche, no estaba seguro de que al rededor de aquella movediza personilla pudiera tejerse una revolución.
El jefe de policía llegó temprano, con su secretario, el teniente Borja.
Montarón, que se sentía espiado por su hija, para desorientar sus sospechas se puso a hablar con Jarque, mientras ella más tranquila junto a su novio, paseaba de su brazo por el salón.
La luz de las arañas de caireles, doraba su negra cabellera, recogida en un peinado bajo y prendida sobre la nuca, con dos o tres alfileres de brillantes.
La inquietud de esa tarde, manteníala aún aturdida y apasionada, fulgurantes los magníficos ojos, que habrían querido penetrar en las almas para ver qué nefastos designios se ocultaban en ellas, que pudieran hacer peligrar la vida del hombre que amaba, en cuyo brazo firme se apoyaba su mano trémula.