Las lanchas habían desaparecido y sobre el agua, tersa como un cristal negro, a esa hora, no se divisaba hacia ningún rumbo la mancha más obscura, que en la noche,—que envolvía ya todas las cosas,—le hubiera indicado la presencia de sus embarcaciones.
VIII
El baile de Montarón
Temprano, en la noche del baile, se encendieron las guirnaldas de faroles que corrían a lo largo de las cornisas, llenando la calle de luz.
En la casa de Montarón, el piso bajo estaba destinado a la familia. Se subía a los salones del baile, situados arriba, por una ancha escalera de caracol, adornada esa vez con flores y cubierta por un camino rojo de tripe, hasta una galería interior cerrada con una mampara de cristales.
Allí se abrían las tres anchas puertas del deslumbrante salón, que ocupaba todo el frente de la casa, y se doblaba en dos alas, a cada extremo, constituídas por varios saloncitos suntuosos, dispuestos para el ambigú los de la derecha, y los otros para la tertulia de las señoras mayores o de los hombres que no gustaban de la danza.
Las ventanas del corredor de la calle estaban cerradas, mas alcanzaba a oírse la algazara de los curiosos agolpados abajo, en el pórtico, sirvientes del barrio en su mayoría, que daban las buenas noches a cada pareja que entraba.
Poco a poco, a medida que se animaba la escena, fueron estrechando el cerco, hasta bloquear totalmente la puerta del zaguán, con zócalo de mármol blanco, que reflejaba la luz de un gran farol de bronce, pendiente del techo.
Hacia las nueve de la noche habían comenzado a llegar los invitados.
Era lo más distinguido de la sociedad de Santa Fe.