Atardecía rápidamente, y debieron apretar el paso para no extraviarse en el sauzal, si los tomaba la noche antes de haber alcanzado las barcas.
En aquellos terrenos bajos no era fácil hallar los senderos, por donde podían pasar sin hundirse en las aguas muertas de los bañados.
Debían a más carnear la vaca y asar la carne en una hoguera y esa operación preocupaba a Alarcón porque el fuego en la noche podía atraer sobre ellos algunas de las partidas de policianos que solían recorrer la laguna Setúbal y llegar hasta el arroyo de Leyes, a caballo unas veces por la costa y otras en un vaporcito del puerto siguiendo el curso del río.
La noche caía rápidamente, porque en esa estación los días eran cortos.
Llegaron al sauzal con las últimas luces del crepúsculo.
Estaba silencioso y sólo se oía el ruido de los pájaros asustados que levantaban el vuelo, atropellando las ramas.
—Es raro—dijo Alarcón.—¿Nos habremos perdido?
El indio lo miró y los ojos le brillaron en la sombra.
Alarcón echó a correr hacia la orilla del río. No se veía a nadie. Saltaba sobre los camalotes que cedían como un colchón bajo sus pies. Extrañaba el silencio, porque estaba seguro de haber dejado a su gente en esa dirección, y de no verla, por lo menos debía oír el ruido de las hachas cortando la leña.
Cuando llegó al borde de la isla, que lamía el riacho curvo y lento, al sitio mismo donde fondearon las chalanas, lo que se conocía por estar las carrizas pisoteadas y sembrada la tierra de varas de sauce cortadas, soltó una maldición.