—La cuidan los cuervos—le dijo—y por eso es el nombre de la estancia.

Y era así en efecto.

Desde muchos años atrás en la propiedad de los Borja, dos cuervos criados en las casas cuidaban la majada, con un maravilloso instinto, que rayaba en leyenda.

Por la mañana al salir el sol, en verano, y en invierno a la hora en que el frío amenguaba, los dos cuervos, que dormían sobre un algarrobo seco, frente a una de las ventanas de la casa, volaban hasta el corral de las ovejas, y a aletazos y a picotones las hacían salir, las conducían a través de los campos, en las lomas donde el pasto era tierno y la tierra seca y al caer la tarde las obligaban a volver.

Los tímidos animales, acostumbrados ya, obedecían a los cuervos como habrían obedecido a un pastor, y de tal manera los dos pajarracos se habían vinculado a la vida de la estancia, que ésta tomó su nombre de ellos, y se rodeó de una fama misteriosa.

—Son eternos—dijo el indio José—y cuentan los viejos que ellos saben y anuncian las cosas tristes que han de ocurrir.

La majada pasó cerca de los dos hombres que llevaban la vaca.

Sobre una de las ovejas de adelante, prendidas sus garras sobre el vellón iba uno de los cuervos y de igual modo el otro se dejaba llevar por la que iba atrás de todas.

Era risueño el caso, y no obstante Alarcón no sintió ganas de reír, cuando los ojuelos de uno de los cuervos, como dos pequeños brillantes negros se posaron sobre él.