El capataz entró en las casas a consultar con el ama, cuya silueta se vió aparecer un momento en la galería, y volvió con el permiso de arrear el primer animal gordo que hallaran en el potrero.

Montó a caballo y los guió hasta el sitio en que a esa hora debía hallarse la mayor parte de la hacienda.

Alarcón y su compañero caminaban a pie, detrás de él, que iba enumerando las buenas condiciones de los campos aquellos, cuya tierra negra daba unos pastos de engorde superior.

Cuando encontraron lo que necesitaban, una vaquilla mansa, que se dejó echar el lazo en los cuernos pulidos y negros, Alarcón pagó sin regatear los quince pesos que le pidieron por ella y se juzgó afortunado viendo que el capataz no insistía en acompañarles hasta la costa.

—Tengo que encerrar los terneros de las lecheras—dijo—y se despidió allí mismo.

Marcharon los dos, José tirando del lazo, arrastrando a veces al animal que empezaba a rebelarse, y atrás Alarcón arreándolo con una varilla y pensando que si el capataz hubiera llegado hasta la costa no habría dejado de recelar de tanta gente reunida allí.

Y aquella imprudencia que le había hecho cometer el indio, no le pareció que fuera involuntaria.

Mientras marchaban por un senderito en el tupido pastizal verde, que alfombraba la altura desprovista allí de monte, vieron venir una majada de ovejas que parecía vagar sin pastor y sin perros.

José Golondrina mostró las ovejas a Alarcón.