En los últimos tiempos, la estancia había cambiado varias veces de dueño, quedando siempre en la familia, y a la muerte de Liborio Borja, ocurrida un año atrás, su viuda, para redimir las deudas que pesaban sobre ella la vendió a Braulio Jarque, el marido de su hija Gabriela, la cual vivía con ella.
Como el nuevo propietario no manifestara afición a la vida campera, encargóse doña Carmen de Borja de administrarla junto con la hacienda, que pastaba en esos campos, y que era ahora toda su fortuna.
Al llegar a la calle de eucaliptus, que se abría en dos hileras a un costado de la casa y conducía hasta su entrada principal, Alarcón, preocupado siempre por el nombre de Jarque, que alguna vez había oído, se acordó de quién era.
José Golondrina calmaba a los perros, que habían salido a ladrar a los visitantes, y que se acallaron súbitamente al sentir su voz.
Alarcón tuvo la sospecha de que el indio había querido adelantársele, para hacer llevar a Jarque en la ciudad con algunos de los peones de la estancia, la noticia de la expedición.
Había salido el capataz y Alarcón miró a José, mas no advirtió que parecieran reconocerse.
El indio se hizo a un lado, sin hablar palabra, y el capataz saludó a Alarcón que le pidió una ternera para carnear y dar de comer a su gente, colonos y leñeros que iban a la ciudad a surtirse de víveres diversos.
Así habló, y agregó para evitar toda suspicacia en aquel paisano reservado, que le atendía frunciendo el ceño:
—Compraría una ternera, si no me pide caro.