—¿No es de la viuda ya?
—No, señor, la vendieron.
—¿Sabés a quién la vendieron?
El indio vaciló un momento.
—A don Braulio Jarque—respondió luego.
—Jarque... ¿Quién es Jarque?—preguntó Alarcón deteniéndose en medio del campo, a tiempo que hacia el Este se dibujaban las copas sombrías de unos grandes eucaliptus.
José Golondrina agachó la cabeza y dijo no saber quién era Jarque, aparte de lo dicho, y Alarcón volvió a ponerse en marcha, repitiendo aquel nombre, seguro de haberlo oído en alguna parte.
La Casa de los Cuervos estaba sobre una altura adonde no llegaban las más altas crecientes, sobre la margen misma del arroyo de Leyes, caudaloso y profundo, comunicándose con el Paraná, como un brazo de él que era.
La construcción era buena y antigua, dos alas de piezas bajas techadas con firmes totoras, formando una escuadra con anchas galerías a uno y otro lado, pintada toda de rosa, con puertas y ventanas verdes, y poblado de naranjos el patio anchuroso, y todo el cuadro envuelto en un bosque de eucaliptus, a través de cuyo espeso follaje apenas se veía la casa como una mancha clara.