Caminaba ahorra al lado de éste, hacia la Casa de los Cuervos, royendo sus pensamientos, cuando el otro que marchaba en silencio, como si le costara cambiar palabras con el indio, le dijo de pronto:

—Me has dicho que conocías al capataz.

—Sí, señor.

—Yo soy de estos lugares, y sin embargo no lo conozco.

—No es raro; murió ya el dueño; se vendió la estancia y cambiaron el personal.

—¿No era el finado Liborio Borja?

—Sí, señor.

—Y hoy, ¿quién es el dueño?

—Será su viuda, que vive en la estancia...

Se calló un momento, como si hubiera deseado no hablar más, pero Alarcón lo interrogó: